del último tomo de las Obras Completas
de Octavio Paz
Fondo de Cultura Económica, 2 004
El texto, inédito fuera de ciertos rincones
sentimentales de la verde sucesiva
provincia mexicana, lo publiqué en las
postrimerías
de la vida de ese autor
Anósfeles
1935
es la fecha que Octavio Paz escogió por punto de su obra
poemática de salida por sobre los despojos de su ser adolescente,
mas tengo a mi mano a la disposición del día cuatro
muestras simbólicas. Con este lastre bellaco por suma, el
volumen Libertad bajo palabra expone por lo que tiene de
real su poecracia presunta desde aquel año hasta 1958. Aparecido
en 1960 en Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica,
ya fue adulto y alcanzó la edad de la razón. A doble
acoso piratafuentes el autor y sin más propósito que
servir a la poesía, apronto la revisión del presente
seguimiento de ese material de lectura. Lo primero que escande a
la vista al ripio que esconde es la metáfora judicial con
que Opaz nomina a un recuento que, al momento de asomar a balcón,
constituía en bruto la fruta esencia de su hacer en verso.
La figura jurídica de la libertad bajo palabra (ajena hasta
donde sé al derecho penal mexicano) consiste en la que alcanza
un convicto (en determinado momento del proceso o de la condena
y de acuerdo con ciertas formalidades) a cambio del juramento de
no reincidencia –en cuyo caso volvería a ser apañado;
y es una libertad condicional y rigurosamente vigilada, pero también
una propuesta de reinserción social. Y la rendija legal por
donde zanjan la alcantarilla los soplones. Haylas malas películas
gringas que maman argumento de los pechos generosos de esta madre
figuranta de derecho. Y es que involucra por lo común a reos
de ese orden y hay en ella paño de donde melodramar. Y más
en una cultura del ego actuante y excluyente, la propiedad privada
y mojonera, y la violencia exacerbada como extrapolación
sustituta de una ética imposible por fraudulenta de la imposición
del yo sobre todas las cosas. La pregunta cobra cuerpo y forma por
sí misma: ¿qué tienen que ver todas esas mamadas
gestuales con la libertad de la poesía que es la libertad
creadora del espíritu? Prologa Lbp y desbalaga OP
este rebaño de chivas mansas, sarnientas: “Invento
la quemadura y el aullido, la masturbación en las letrinas,
las visiones en el muladar, la prisión, el piojo y el chancro,
la pelea por la sopa, la delación, los animales viscosos,
los contactos innobles, los interrogatorios nocturnos, el examen
de conciencia, el juez, la víctima, el testigo. Tú
eres esos tres. ¿A quién apelar ahora y con qué
argucias destruir al que te acusa? Inútiles los memoriales,
los ayes y los alegatos. Inútil tocar a puertas condenadas.
No hay puertas, hay espejos. Inútil cerrar los ojos o volver
entre los hombres: esta lucidez ya no me abandona”. Cuál
lucidez, porque esta lucidez es alucine: ¿la del inventor
sin foquito del festín sumario de la bacinica de Esopo? A
salvo los pedos acedos y la barba gamborinera de este griego vetusto
que no entran al quite, ¿la lúcida hez de quién
puede dejar con el culo al aire a aquel que inventó en la
cárcel cagar en cuclillas y de un brinco sobre el cagadero
cagar de aguilita? No sé desde dónde porque nunca
vocó por Lecumberri, pero si Paz no quiere reinsertarse en
la sociedad humana porque le parece lo que le parezca (después
de algún crimen oscuro que purga pero no en la cárcel
como un misterio para los demás), no tiene sentido que se
acoja a una figura de prótesis judiciaria encima retórica
que, como la libertad bajo palabra, tiene por signo entre otras
esa consecuencia. Y voy por lo que sigue: un examen de conciencia
en el cual se sea simúltiple el juez, la víctima,
el testigo, no sólo escamotea a estos tres a la conciencia
sino al criminal. Y así pues no es posible esperar de la
propuesta pazota una escritura de conciencia y sí un juego
de espejos: asunto de protección y vialidad que regentea
congal en el ombligo. En aquel examen referental no hay por supuesto
a quién apelar ahora: ya en su amañamiento previo
se enconcha la argucia de la destrucción de quien te acusa.
CoOPera con un OPer OPerado en el aire el tumulto provocado por
la intervención de El Enfermero: “Romperé los
espejos, haré trizas la imagen –que cada mañana
rehace piadosamente mi cómplice, mi delator-. La soledad
de la conciencia y la conciencia de la soledad, el día a
pan y agua, la noche sin agua. Sequía, campo arrasado por
un sol sin párpados, ojo atroz, oh conciencia, presente puro
donde pasado y porvenir arden sin fulgor ni esperanza. Todo desemboca
en una eternidad que no desemboca”. Trizas de la propia imagen
el rompimiento de los espejos no es crimen de lesa humanidad ni
siquiera frente al suicidio. El suicida por lo menos comete asesinato
y en su propia imagen y en su propia acción extremas, es
su cómplice y es su delator. Si la soledad de la conciencia
y la conciencia de la soledad se redujeran al día a pan y
agua y a la noche a secas, sería más ojo atroz el
apando que la conciencia, y claro: ni sequía ni campo ni
eternidad arrasados por la opulencia alguna de ninguna incontinencia
verbal. Lo que sucede es que Opé no está hablando
de la poesía sino de su escritura personal, y ahí
es muy libre de hacerlo bajo palabra o bajo tierra. Porque Pe no
está hablando del crimen, de la angustia existencial, de
los desdoblamientos irreparables de la psique: está hablando
de sus respectivas fenomenologías; de las vagas musarañas
de la intelectualización. La poesía está afincada
en la imaginación y en la vida. Villon es al azar simultáneo
del tiempo un poeta y un criminal. Inútiles los memoriales,
los ayes y los alegatos.
Priapósfeles
Los
poemas iniciantes de OP al espejo peón pasan por el arete
lunar de la generación así acuñada y así
exportada del 27 español –eso no tan acusado como por
ejemplo en el primer Efraín Huerta. Rasgo malabar, va el
bulto!: “Estos suspensos jardines,/ música inmóvil
del aire, / juegan su luz en tus hombros,/ doncella de los reflejos,/
si verde bajo los oros/ entre verdores dorada”, que son versos
de 1935. El eco hueco de sus sonetos datados ese mismo año
rebota en la pared del Siglo de Oro. Oigase (más que léase,
pues su asunto como el anterior intrasciende): “Inmóvil
en tu luz pero danzante,/ tu movimiento a la quietud que cría/
en la cima del vértigo se alía/ deteniendo no al vuelo,
sí al instante. // Luz que no se desparrama, ya diamante,/
detenido esplendor del mediodía,/ sol que no se consume ni
se enfría,/ de ceniza y fuego equidistante. // Espada, llama,
incendio cincelado,/ que ni mi sed aviva ni la mata,/ absorta luz,
lucero ensimismado: // tu cuerpo de sí mismo se desata/ y
cae y se dispara tu blancura/ y vuelves a ser agua y tierra oscura”.
Esta escritura de aprendizaje prolonga sus intereses y sus buscas
cuando menos hasta 1939, y más que fijar un estilo provee
una alforja temática y algunas metáforas e imágenes
recurrentes que la escoltarán al dominio en su momento de
un oficio que habrá de resumirse muy bocinado en el adobe
que cierra la compilación: Piedra de sol (del cual
no voy a ocuparme en este lugar porque no es el suyo: me basta con
poner a la intemperie por implícitos los sostenes de su pomposo
miriñaque verbal). En Bajo tu clara sombra comienzan
a despuntar las palabras como nominal de la poesía, sin alcanzar
la Palabra, sinonimia por síntesis por la que brincos diera.
El mar, el amor y la mujer como alegorías, el agua, el cristal,
la tendencia a la altura por decir lo más; los colores verde,
azul, el cielo; la espuma, el aire, la música medida: helas
las ‘claves’ de la ‘transparencia’. Pero
ni el uso ni el abuso de vocablos transparentes anidan en el corazón
de espejo del licenciado Vidriera ni arrempujan garantes de antiOPacidad.
“¡Aguas sobre los cantos y el silencio,/ altas aguas
eternas/ sobre mi origen y mis huesos, tierra/ vencida y somnolienta!
// Y brotan de mi boca las palabras,/ tal en el tallo erguido/ las
inocentes flores,/ diarias bajo los cielos,/ inexplicables siempre,/
como tú mismo, Mundo,/ que así me resucitas y me llevas,/
inerme ante tu gracia/ y por tu inmóvil música hechizado”.
Gratuidad para las inocentes frente a las flores culpables, y para
las claras resonancias (¿resonancias nomás?) calderonianas
es excesiva la palabra culpa. Y en el tallo erguidas las blancas
magnolias. En Raíz del hombre habían surgido
ya dos constantes famélicas famudas: la mujer no como ser,
como persona, sino como alegoría, y como cuerpo también
y más como cuerpo en movimiento; y el ejercicio del verso
de once que, como el de doce nervario galopa, galopa. Aunque fechados
en 1935-1936, los versos que vienen bien podía el autor haberlos
firmado a finales de los cincuenta: “por esa viva llama muere
el mundo” (con minúscula, pero ¿resonancias
nada más?), “alzado en amorosos resplandores/ y las
mujeres corren por la tierra,/ locos caballos en sedientos cauces,/
como negras corrientes de latidos,/ hasta envolver en su terrible
aliento/ al inmóvil lucero de mi carne;/ por esa tibia llama
rueda sangre,/ estalla una tormenta en mis oídos,/ enmudece
mi lengua calcinada,/ corremos por un puente de latidos/ hasta tocar
la muerte y el vacío” –pues el oficio y la retórica
son los mismos: occidua llama en verdad por la que muere el mundo
dado que con él se apaga y nunca viva alzado en amorosos
resplandores, mas acaso los pies de plomo del escriba de la segunda
época hubieran comprado (par para similar) yeguas en los
caudales cauces de Salomón a las mujeres, y no tropezado
por partida doble con las piedras ‘latidos’ y la pómez
consecuencial ‘hasta’. Y con la música cursiva
inmóvil dejo a la tercera caída el aire quieto y de
un contenido sarcasmo. Y me sigo ‘hasta’ preciosinuosamente
Noche de resurrecciones, que es de 1939, y en donde puede
decirse que concluye el aprendizaje aPazible. Manifiestamente su
formación pasta en las fuentes españolas y por encima
y por debajo de sus lecturas dispersas en otras literaturas (la
testa gacha en la francesa, aunque su vasalla filia surreal estaba
todavía lejos: comienza con pie de sol abolido: Piedra
de sol, tras la antesala bretónica. Vasalla o calculada
o calculadoramente vasalla, pero vasalla siempre), no ha dejado
pie esta vez de cría como para que importe más a propósito
que la intelectualización en creciente del asunto. Mirad
qué definido perfil temático!: “Vuelve los ojos
hacia tu más cercana muerte,/ hacia el tiempo sin límites/
y la noche desértica,/ sin orillas ni fondo:/ vuelve los
ojos, ve. // Tocas mi corazón oh tenebrosa,/ con mano blanda
y grave,/ vencida, que se vence;/ y cede su latir a las corrientes/
que nos empujan hacia adentro,/ allá donde un mar quieto
hace encallar la luz,/ donde lo vivo nace/ y en la muerte final
se reconcilia”. Mano blanda y diario nacimiento vencidos:
gallo y no falsete de espíritu; de profundis alfeñique.
Las corrientes recipiente de la cesión de su latir que el
mar quieto para encallar la luz no encuentra más adentro
que el mar quieto para encallar la luz: ¿allí lo vivo
nace y en la muerte ‘final’ se reconcilia? ¿De
qué? ¿Con quién? Física metapatética
del huevo o la gallina: en el principio no había más
que Caos y lo vivo no nace: ya lo está: a priori como dato
en comodato. Lo vivo brota y barbota desde los agujeros negros de
la Nada, surtidores de la mano del viento de la muerte primal. Nadador
de la nada material por trofeo, arbitro por lo demás y para
sacudirme este parágrafo que el prologuista de Lbp
(hacia 1958-59) es el mismo adolescente fachoso que en 1934, bajo
la pata iniciática y ya de importación de Villaurrutia,
desplegaba el paraguas civil de estos versos de cañón
por la culata: “Frente a los fuegos fatuos del espejo/ mi
ser es pira y es ceniza/ respira y es ceniza,/ y ardo y me quemo
y resplandezco y miento/ un yo que empuña, muerto,/ una daga
de humo que le finge/ la evidencia de sangre de la herida,/ y un
yo, mi yo penúltimo,/ que sólo pide olvido, sombra,
nada,/ final mentira que lo enciende y quema. // De una máscara
a otra/ hay siempre un yo penúltimo que pide./ Y me hundo
en mí mismo y no me toco”. Largo avatar de una retórica
sucedánea de un arte poética diríase como no
diríase un trémolo de liras eolias y aún fuera
mucho decir el chasco de un hipócrita.
Falósfeles
La
poesía es obra de soberbia humildad.
Con sorna tierna la libertad de la poesía es la dictadura
del espíritu.
Sólo se escribe la víspera del día que sigue
a haberlo hecho, cagaelculo.
La carga de la vida y las pruebas de la pasión donde se tiempla
el alma enamorada, más los designios del cosmos que son y
serán mientras no los pepene la usura harpa de Dios y de
los dioses, y más todavía el juguete funesto del tiempo
en manos de la muerte propenden a su modo y a su moldura, y vuelcan
sobre el alma trágica comediante del poeta a un mismo impulso
el espanto (insoportable más allá del arrebato, el
trasvase y el revire) que se resuelve en la verdad y la belleza
que es la poesía. Por eso Rubén Darío pudo
al orfeón del aullido exclamusitar: ¡Mas es mía
el Alba de Oro!
El ejercicio del dominio del oficio en una primera etapa de la escritura
OPeica u OPoide (que no remite al hecho de ser y servir que se sustenta
en lo que antecede sino al de la tenacidad voluntarista que puja
por un destino en vano) hay que situarlo entre los años 1939
y 1950, con ciertas reservas hijastras de la disposición
del volumen Lbp que atiende más por temático
que por cronológico. La identidad de la Palabra y la poesía
(que al modo de la OPA hostil habría que entender por libertad
bajo palabra, y por serlo no es tautología), pertenece al
cuerpo grupal Asueto, que se sitúa entre 1939 y
1944. “Palabra, voz exacta/ y sin embargo equívoca;/
oscura y luminosa;/ herida y fuente: espejo;/ espejo y resplandor,/
resplandor y puñal,/ vivo puñal amado,/ ya no puñal,
sí mano suave: fruto”: chisguete que osténtase
chorro de voz y que ya en plural encuentra su antisíntesis
en Puerta condenada (1938-1948): “Dales la vuelta,/
cógelas del rabo (chillen, putas)/ azótalas,/ dale
azúcar en la boca a las rejegas,/ ínflalas, globos,
pínchalas,/ sórbeles sangre y tuétanos,/ sécalas,/
cápalas,/ písalas, gallo galante,/ tuérceles
el gaznate, cocinero,/ desplúmalas,/ destrípalas,
toro,/ buey, arrástralas,/ hazlas, poeta,/ haz que se traguen
todas sus palabras”, texto a cuya sintaxis buey se unce inapelable
el carromato dúplex de la incongruencia y la confusión.
Si en el primer bonche de versos el baño de pureza encuentra
el jabón del perro agradecido en el intento, en el segundo
la prepotencia de la impotencia creadora es patética como
la aguja del amor en el pajar de las putas: entre la impotencia
y la prepotencia baldía se entabla un fandango de cadáveres
(los cadáveres apestan y se pudren; los muertos están
vivos); ambos casos recortan la silueta de quien por ambición
y ego simples quiere imponer sus tiempos particulares a los tiempos
sin tiempo de la poesía; la estéril tenaz tenaza escribanal
frente a la necesariedad del espíritu que la dicta y la impone:
pero sólo a sus oficiantes: es decir: a los poetas. Además:
¿es o no inútil tocar a puertas condenadas?
En Condición de nube, en Puerta condenada
y en las prosas sólo literalmente profanas de ¿Aguila
o sol?, la incapacidad de decir es obsesiva más que
ostensible junto a la marquesina de El Doble –de viejísima
prosapia, y donde nada neo sobre el soy apoquina. Es la paz octaviana
oh Efraín la de la protoliteratura en sí. “Alto
grito amarillo”. Beneficia no más que la escritura
permanente y la producción a destajo. Mas la poesía
ejerce la tensión, extensión y cabalgadura en chinga
de la especie. No es lo mismo el silencio por asunto que vivirlo.
La impaciencia no es lo contrario que la espera. Eso así
si forma y melodía fueran ilusiones de dos realidades distintas.
¿Lo son? En la poesía no hay usura. Hubieran bloques
ciertos de estructura y de ritmo, modelos para armar. Mas he aquí
forma y melodía familiares por la peste del currículum:
tener por asunto el silencio por no poder vivirlo y la impaciencia
por lo contrario de la espera. En la mixtura OPortuna, “Desnudo
de su nombre canta el ser,/ en el hechizo de existir suspenso,/
de su propio cantar enamorado”, y por eso quita o pone a quien
se oponga o alabe (según), lo cual en justicia es un modo
de ‘ser’ y de OPerar, y explica a confesión de
parte y por pura vanidad su condición no de nube (¿cómo
sin los pantalones de la vera imagen de Maiakovski?) sino de cacique
gordo de las letras mexicanas. A trancos endecasilábicos
en trances tajante y monorritmal, y aún en juego de verso
corto y subordinado: “Entre montañas áridas/
las aguas prisioneras reposan,/ centellean como un cielo caído”.
E incluso: “Tendidos en la yerba una muchacha y un muchacho./
Comen naranjas, cambian besos/ como las olas cambian sus espumas”.
Tales corrección, elegancia y cortesía, que no son
como quien dice categorías estéticas. ¿Aguila o sol? quiere cronicar la lucha contra la
impotencia creadora: mas estéril tiene el propósito,
y más. Porque dadas a la luz del día, al día
pertenecen: si estas prosas se hubieran escrito y no publicado,
tendrían, si es que algún día fueran ‘descubiertas’,
ese carácter reacio que pertenece a los ‘trabajos forzados’
del ‘poeta’: la heroicidad a largo plazo confesable
de la protocomprensión. “Jadeo, viscoso aleteo. Busco,
buceo, clamoreo por el descampado” (“vaya malachanza”:
por clamo en el desierto; las cursivas del verso son mías).
“Esta vez te vacío la panza, te tuerzo, te retuerzo,
te volteo y voltibocabajeo, te rompo el pico, te refriego el hocico,
te arranco el pito, te hundo el esternón. Broncabróncabrón.
Doña campamocha se come en escamocho el miembro mocho de
don campamocho”. En tela de juir envuelve su ridículo.
El albur, contraseña de identidad y desparpajo canallesco,
exorcismo macho de la mariconería y protagonismo verbal de
homosexualidad activa que asigna a la parte albureada el papel pasivo,
es furtivo en sentido recto y en sentido catacúmbico y, lenguaje
vivo y siempre en proceso creador, la ajenitud de su dimensión
se desenvuelve y revuela al margen y fuera del alcance papanetas
de los papaloteadores de escritorio. Por lo dicho y por mi parte:
Saco, revoloteo y ataco,
embodego y empetaco,
enmaleto y empaco…
Acayucan, San Andrés y Coatzacoalcos.
Cómo no,
somos dos…
Vámonós!