A curul
por tarumba Orlando Guillén y Mario Raúl Guzmán
Ha regresado de nuevo a reírse
de mi postura (de mi impostura, diría)
y ha vuelto a salir. JS
Jano de aldea o simulacro bifrente, ya fiambre el dos patada y coz
veces diputado Jaime Sabines dijo en 1989 a una reportera algo que
en su versería era tela ya cortada y ya vendida por lo menos
desde 1952: “Nunca fue mi intención ser rebelde a nada”.
¿Justificaba así su silencio ante el genocidio por
hambre, sobreexplotación y garrote, practicado contra los
indígenas chiapanecos que entre otros de funesta memoria
coronara gobernador a su hermano Juan Sabines? Lo cierto es que
ese mismo poder echó a andar el Programa Nacional de Solidaridad,
adefesio de sal y aguacate destinado a paliar la devastación
paisana zapateada por el FMI como fandango folclórico. Entre
los figurones de la tarima consultiva donde toman el pronasol bajo
paraguas Slim y Cordera, Sabines oficia el oropel ritual de su membrete
de poeta: A la casa del día entran gentes y cosas,/ yerbas
de mal olor,/ caballos desvelados,/ aires con música,/ maniquíes
iguales a muchachas;/ entramos, tú, Tarumba, y yo./ Entra
la danza. Entra el sol./ Un agente de seguros de vida/ y un poeta./
Todos vamos a vendernos, Tarumba.
El cañonazo de ninjas es juego de obregoniños frente
a las cuarteadas correas que usa el régimen para cinchar
a los consagretas usureros de la cultura mexicana hoy.
“No quiero ser una estatua”, declaró a la luna
pálida periodista mientras los pájaros le cagaban
la cholla. Viene un golpe de sangre/ desde mis pies de barro -tragarabateó
JS engolando el bozal de la coma- vienen canas en busca de mi
edad,/ tablas flotantes para mi ataúd.
Tablas de laurel para Jaime Sabines. Tablas de curul.
Pero Jaime Sabines Gutierritos es algo más y asimismo algo
menos que un temperamento abyecto hasta la sumisión. Los
bonos de que goza dentro del público de poesía ambiente
y la complacencia sentimental le han avalado y le avalan todavía
larga la salud financiera.
El presente texto escrito con las patas de La Zorra ejerce crítica
la libertad creadora también contra ese público de
valedores paraoficiales que se horma en la horma diariosemanaria
de los suplementos literarios.
Le vendí al diablo,
le vendí a la costumbre,
le vendí al amor consuetudinario,
mi riñón, mi corazón, mis hígados.
Se los vendí por una pomada para los callos,
y por el gusto,
y por sentirme bien.
Nadie, desde hoy, podrá decirme
poeta vendido
Nadie podrá escarbar y jalarme los huesos.
Estoy con la República de China Popular.
Le curo las almorranas a Neruda,
escupo a Franco.
(Nadie podrá decir que no estoy en mi tiempo)
Detrás del mostrador soy el héroe del día.
Yo soy la resistencia. Oídme.
Soporto el hundimiento.
Desde el balcón nocturno miro al sol.
Desde la empalizada submarina.
Poeta no, pero vendido ya te ha llamado La Zorra.
Más aún: estar con la República Popular China
en 1956 y en esa misma fecha curarle las almorranas a Neruda no
significa, fuera de ciertas premeditaciones de profilaxis cirujana,
que no pase el tiempo ni supone que alguien esté o no vendido.
Primero: no estamos ante una persona de convicciones. En efecto,
quien ha pregonado tirando de la cobija de la poesía comodín
al calor de un libro más su adhesión a un régimen
como el chino, está en principio obligado, 30 años
después y frente a una masacre como la de Tien An Men, a
por lo menos tomar posición pública. ¿O es
que este que corre ya no es su tiempo?
Segundo (pero sobre lo mismo): en su texto “Tlatelolco, 68”
(Maltiempo, 1972) el autor se dejó decir lo que
sigue: “Tenemos Secretarios de Estado capaces/ de transformar
la mierda en esencias aromáticas,/ diputados y senadores
alquimistas,/ líderes inefables, chulísimos,/ un tropel
de putos espirituales/ enarbolando nuestra bandera gallardamente”.
El fragmento termina diciendo: “Aquí no ha pasado nada./
Comienza nuestro reino”. ¿Aquí no ha pasado
nada? ¿Comienza nuestro reino? De 1972 a 1991 han corrido
densos los aromas de tres sexenios. A su paso o dentro de ellos,
Sabines se incorporó a ese tropel de tropelías. Hasta
Cuauhtémoc Cárdenas y sus propias ‘altas huestes’
se toman la molestia al cambiar de chaqueta de explicar el motivo
de su traspaso. Sabines no. A lo mejor cree que con decir que “pertenecer
al PRI no es vergonzante” es suficiente. ¿Qué
pesa más: el aire, los muertos, la fayuca del espíritu?
Soga al cuello, estas añejas líneas suyas: “Vivo
bien./ No tengo queja de nada ni de nadie”.
“Glogloteando sin palabras”, vergonzoso por vergonzante
Jaime Sabines no tiene vergüenza de oficio poético.
A su gallinero vuelve La Zorra antes que el gavilán pollero
lo desplume por completo para verlo cacareando con qué apósitos
le curó las almorranas a Neruda.
Perogrullo de Neruda: “El mar, también del mar,/ de
la tela del mar que nos envuelve,/ de los golpes del mar y de su
boca,/ de su vagina obscura,/ de su vómito,/ de su pureza
tétrica y profunda,/ vienen la muerte, Dios, el aguacero/
golpeando las persianas,/ la noche, el viento.// De la tierra también,/
de las raíces agudas de las casas,/ del pie desnudo y sangrante
de los árboles,/ de algunas rocas viejas que no pueden moverse,/
de lamentables charcos, ataúdes del agua,/ de troncos derribados
en que ahora duerme el rayo,/ y de la yerba, que es la sombra de
las ramas del cielo/ viene Dios, el manco de cien manos,/ ciego
de tantos ojos”…
Subsidiario de la utilería de Neruda: “Un día
ya sin ojos, sin nariz, sin orejas,/ otro día sin garganta,
la piel sobre tu frente agrietándose,/ hundiéndose,/
tronchando obscuramente el trigal de tus canas./ Todo tú
sumergido en humedad y gases,/ haciendo tus desechos, tu desorden,
tu alma,/ cada vez más igual tu carne que tu traje,/ más
madera tus huesos y más huesos tus tablas”.
Presa de la red de la música de Neruda: las dos muestras
anteriores, más la que sigue entre otras: “Sigue el
mundo su paso, rueda el tiempo,/ y van y vienen máscaras./
Amanece el dolor un día tras otro,/ nos rodeamos de amigos
y fantasmas,/ parece a veces que un alambre estira/ la sangre, que
una flor estalla,/ y que el corazón da frutas, y el cansancio/
canta”. Canta, sí. Pero con la grúa perogrullera,
el subsidio de la utilería, la red de la música de
Neruda. Y con la brida de la coma a modo de batuta.
La Zorra hace gala de su nerudición y balconea ya para terminar
casi este parágrafo la esquina que conforma con la del ecuatoriano
Adoum esta escritura sucursal –que siendo de segunda bien
podría ser considerada de tercera. Agujero palmario de esa
rata amarilla asoma la cabecita inquieta el hecho de que aquello
que en el chileno no pasa de ser pero queda como ejercicio juvenil
(véanse los Veinte poemas…), en el mexicano
es verde rabo de su “madurez”: “Te quiero porque
tienes las partes de la mujer/ en el lugar preciso/ y estás
completa./ No te falta ni un pétalo,/ ni un olor, ni una
sombra”. Ya. Un verso como este reclama, para ser saludado
con enjundia, de los servicios magníficamente magnificantes
y megatontos del críptico aquel que ante el verso sabínico:
“¡Qué cantidad más enorme de agua tiene
el mar!” (o algo así; a La Zorra le place a ratos citar
de memoria, y en esto se esmerará adelante), ‘establece’
expedito, retórico y sudando méritos, el ‘genuino
asombro del poeta’. Todo ello ante el genuino asombro recurrente
de Perogrullo, en trance de verse superado en el atributo que le
dio la fama. Sabisnes: ¿qué palabras de Neruda en vuelo
de la pata al culo te levantan? La Zorra te dirá estas que
vienen desde el pleno poder de la memoria esmeril: “Sucede
que me canso de ser hombre./ Sucede que entro en las sastrerías
y en los cines/ marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro/
navegando en un agua de origen y ceniza.// El olor de las peluquerías
me hace llorar a gritos./ Sólo quiero un descanso de piedras
o de lana,/ sólo quiero no ver estacionamientos ni jardines,/
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.// Sucede que
me canso de mis pies y mis uñas/ y mi pelo y mi sombra./
Sucede que me canso de ser hombre.// Sin embargo sería delicioso/
asustar a un notario con un lirio cortado/ o dar muerte a una monja
con un golpe de oreja./ Sería bello/ ir por las calles con
un cuchillo verde/ y dando gritos hasta morir de frío.//
No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,/ vacilante,
extendido, tiritando de sueño,/ hacia abajo, en las tapias
mojadas de la tierra,/ absorbiendo y pensando, comiendo cada día.//
No quiero para mí tantas desgracias./ No quiero continuar
de raíz y de tumba,/ de subterráneo solo, de bodega
con muertos,/ aterido, muriéndome de pena.// Por eso el día
lunes arde como el petróleo/ cuando me ve llegar con mi cara
de cárcel, y aúlla en su transcurso como una rueda
herida,/ y da pasos de sangre caliente hacia la noche.// Y me empuja
a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,/ a hospitales
donde los huesos salen por la ventana,/ a ciertas zapaterías
con olor a vinagre,/ a calles espantosas como grietas.// Hay pájaros
de color de azufre y horribles intestinos/ colgando de las puertas
de las casas que odio,/ hay dentaduras olvidadas en una cafetera,/
hay espejos/ que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,/
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.// Yo paseo
con calma, con ojos, con zapatos,/ con furia, con olvido,/ paso,
cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,/ y patios donde hay ropas
colgadas de un alambre:/ calzoncillos, toallas y camisas que lloran/
lentas lágrimas sucias”.
Estas palabras rasantes como cualesquiera otras residenterrestres.
Dentro de la sarta o chorro de complacencias que festeja desde una
bocina sucedánea de la crítica a Jaime Sabines hay
una más rauda que las otras que llega y llegandollegando
solita se ensarta. Es aquella que propaga que este escriba nació
con el pañal del oficio puesto. Mendaz gallina. Con tres
pasos de acercamiento La Zorra se la despacha. Horal.
La señal. A más de una retórica trunca y pretendiente en
torno a los muertos se destaca ahí la presencia del 27 constitucional:
la generación de españoletos así llamada. Pastiches
de Lorca, Alberti, Jorge Guillén. 3 ejemplos, tres: 1) “La
niña toca el piano/ mientras un gato la mira./ En la pared
hay un cuadro/ con una flor amarilla./ La niña morena y flaca/
le pega al piano y lo mira/ mientras un duende le jala/ las trenzas
y la risa”; 2) “En la orilla del aire/ (¿qué
decir, qué hacer?)/ hay todavía una mujer.// En el
monte, extendida/ sobre la yerba, si buscamos bien:/ una mujer”;
y 3) “¡Qué de brazos adentro/ del pecho, fríos,/
se mueven y se buscan,/ viejo amor mío!// La noche, vieja,
cae/ como un lento martirio,/ sombra y estrella, hueco/ del pecho
mío”.
Por el contenido: “¿Qué viene a hacer aquí
tanta ternura fracasada?” Por la intención de su proyecto:
“¡Que el tiempo, ah, te hiciera estatua!”
El desarrollo del oficio llevó a Sabines a comer de la gran
telera de Neruda. Se trata sin embargo de un nerudismo agazapado
e hidrópico. Pertenecer al PRI no es 'vergonzante'. Y menos
para un diputado de ese partido. Nomás eso faltaba. Escribir
como Neruda en cambio para un “autor singular”, sí.
¿Por qué echar mano del vuelo de la pluma ajena, entonces?
¿Quién obliga a tanto? Con dejar a los vivos volar
por su cuenta tenía suficiente.
(Ya terminada la gran comilona La Zorra alcanzó a recoger
por entre los pliegues de los manteles la siguiente migaja declaratoria
sabinal: “La poesía es comunicación con los
demás. Yo crezco con los poetas vitales como Neruda”)
De lo que mamó de Huidobro bastará decir que el remate
de Tarumba es remedo del de Altazor. Y eso que,
lunatando, Altazor dista de ser una Alta Zorra.
“Yo he pensado siempre en la trompeta prostituida de la fama
y nunca me ha interesado realmente”. La tautología
tartufa de este dícere sabinero que por prestigiarse y darse
aires quiere hacer remontar a Baudelaire, y que se produce dentro
de una de esas entrevistas ‘que no acostumbra dar’ es
flor de jarakiri en manos de La Zorra: aquello que no te interesa
realmente no es ni puede ser objeto permanente de tu pensamiento.
Mas ahora como entonces cuando esta línea fue escrita (1968):
“El gobierno apadrina a los héroes”.
Primera trompetilla: “Jaime Sabines es un poeta que recoge
lo mejor de la esencia del mexicano y que expresa lo que muchos
de nosotros quisiéramos expresar; su poesía es orgullo
de México”, dijo clapclap, el patito Donaldo Colosio,
presidente del comité ejecutivo nacional del PRI, durante
la presentación de un libro de aquel padre conscripto, primer
volumen de un proyecto editorial priista que recogerá, cómo
no, lo mejor de la esencia del mexicano. A juzgar por su comienzo,
¿quiere eso decir que ventilará la ‘obra’
de quienes no se rebelan ante nada ni ante nadie?
Segunda (sostenido curvo de espantasuegras): ¿Orgullo
de México? Por esta vez el eslogan lo acuñó
López Portillo: “Mi amigo La Quina, orgullo de México”.
¿O fue De la Madrid? Luego De la Madrid (¿o fue Salinas
de Gortari?) se lo endilgó a Octavio Paz: orgullo de México.
Una nota al cierre acerca de la prosa sabina: formalmente la frase,
tortuosa frente a la fluidez natural del idioma, se dobla por la
cintura acometida por una puntuación ajena, diríase
intrusa, cuyo único rasgo distintivo privilegia la coma.
La banalidad, la cursilería, el sentimentalismo y la cotidianidad
son su asunto y su medida. Del amor y la muerte como flores nos
llega vajiando el aroma del ridículo cuando por pretensión
grandilocuente mete ahí las de husmear.
Mejorados estos atributos por sus versos y por más amplio
espectro han hecho de Jaime Sabines el aeda de más fácil
acceso blanco a las mayorías desiertas: el favorito de la
mediocridad. Y también El Favorito.
Pero cada quien tiene los poetas que se merece.
10 de marzo de 1991. Sala Ponce. Palacio de Bellas Artes.
A aquel que ha pedido que canonicemos a las putas, le ha llegado
el tiempo de ser canonizado.