Poema Inacabado
Gabriel Ferrater

Aquel cuyos primeros poemas
hicieron rabiar al papanatas
Garcés y al Teixidor bueno para nada,
mirad que vuelve incorregible.
               Quiero contar un cuento impertinente,
pero lo dejaré para después
e iré prolongando mi prólogo.
Lo llenaré de gentes y de cosas
y de afectos. Diré que estoy
en Cadaqués, en pleno meloso
y adormilado mes de setiembre
(cuando las hiperbóreas fembras
comienzan a escasear) del sesentayuno,
con viento de mar inapelable
(aunque esta mañana me parece
que vuelve la tramontana
y temo por el frío que pasaremos,
por más que el aire estará limpio
y limpia el agua: me siento mejor
cuando está sucia y caliente).
               La dedicatoria irá primero:
a ti, Helena, que me hiciste
conocer al Cristián que imito
(aunque yo no rimo igualito),
mujer inexperta, que te has ido
con tu falda de tergal
y tu jersey verde a examinarte
precisamente sobre el Cristián
de quien tan vivamente hablábamos,
y cuyas palabras y argumentos
(¡cómo renegaría él, oh Dios,
si supiese que sobre Erec y Enida
te habrían de examinar!)
te servían para cantar
(el triunfo de un gallo te sonrojaba),
la pasión con que descubriste
que las cosas que has deseado
y algunas que has obtenido
son viejas como las viejas fábulas
¡y mucho más viejas que los exámenes!:
a ti, Helena, que ahora aprendes
a vivir (dime: ¿me permites
que vaya contigo a clase y me siente
a tu lado hasta que me echen?),
que resueltos sus exámenes
mañana a la una veremos bajar
del autobús: a ti, Helena,
quiero ofrecerte este poema.
               A mí ningún miedo me daría
que fuera ripioso y pedregoso,
pero como es tuyo y tú eres fina
lo pasaré a lima:
cuidaré que la palabra y el verso
no se crean con derechos
a una vida exuberante
lejos de mi vigilancia.
Justamente será mi tema
el derecho a hacerse independiente,
pero será el derecho de las hijas
que no tengo. Pero quiero que mis rimas
me obedezcan sin tropiezos.
Tan pronto como tenga bien sujetas
las palabras, me otorgaré toda licencia:
patriarca que con ellas se revuelca.
Seré cursivo y digresivo,
anacolútico y alusivo.
Elaboraré listas de cosas buenas
y malas; nombres de muchachas:
por ejemplo, Maribel,
que debe tener gusto a limón
y ahora mismo luce un prometido.
Yo me entiendo, y esta es la forma
en que he decidido seguir.
Quizá el único fin de esto que escribo
sea mi propósito de plagio.
Quiero que de una vez se enteren:
que copio a los medievales.
Siempre lo he hecho y declarado
y siempre he visto que nadie lo creía.
Ingenuos que son. Los poetas
ciertamente somos unos mentirosos,
pero antes, y más cierto todavía,
es que somos unos egoístas.
Claro que no vamos a decir mentiras
sobre nosotros mismos. La verdad
nos resulta más interesante
porque nos lleva puestos.
Soy poeta medievalista,
démoslo pues por sentado,
y déjame entonces saludar
a los leales a la edad media
que no sueñan cabalgatas
ni unicornios ni sarracenos.
Caballeros, nunca he visto uno.
               Si bien su edad media
tirando a moreasiana
no me la creo, Josep Carner,
que nos hizo a todos nosotros
y está en Bruselas gris de agua,
reclama mi primer homenaje.
               Y tú, con quien hablábamos de Ausiàs
y recordábamos “la canal
de Flandes”, Rosa Leveroni,
mientras unos nórdicos que Dios confunda
estaban por encallar
y los mirábamos consternados
desde la terraza del Marítim,
Rosa, no me falles, y no olvides
que tú me debes y que yo te debo un verso
y que tanto tú como yo se los debemos
a Roser; que la risible
puesta de sol del otro día
no es bueno que caiga en el olvido
sin antes decirle lo que se merece.
Reíamos azorados los tres
con aquel sangriento melodrama
en cartelera en el teatro de arriba
del camino viejo a Port Lligat.
¿Recuerdas el sol cómo rodaba,
negro trompo lleno del espanto
de caer tras del Pení?
Como si fuese algo tan decisivo
que una tarde muera: él, sinvergüenza,
que tiene para volver su propia hora.
No sigo; lo dijo Catulo,
y la naturaleza abusa (pues
nos sabe impresionables),
ofreciéndonos estos espectáculos.
Podemos vengarnos con palabras.
Aquí tienes una versión;
pero te enviaré otra,
con más metáfora y menos danza.
               A vos, maese Foix, Josep Vicenç
de quien, midiendo por mar, me separa
(puesto que estais en Port de la Selva)
Cap de Creus (dejo así patente
que yo también me llamo a marinero),
a vos que encontrais entre aquellos peñascos
impuras piedras de oro onírico,
a vos, que hicisteis catalán el lírico
verso de Bernat de Ventadorn,
os expongo este verso oscuro
que alcanzo, yo que las notas
altas las doy como las ranotas.
Tampoco este año vendré
como habíamos quedado
a seguiros por el país lítico.
Me sorprendió un cólico nefrítico
(piedra también, en el riñón)
y me retorció por medio agosto.
Si bien la piedra era chiquita
y me reveló la morfina
(vale muy bien la pena: manda lejos
al mundo, y le quita el hedor),
no le agradezco la sacudida.
Por cierto, dijo el doctor Boada
(mi médico, y el vuestro),
que a un temperamento como el mío
le daba miedo recetarle morfina,
no fuese a ganarle el hábito.
Me pareció de lo más curioso
el nosce te ipsum forzoso:
supe quiero decir lo que piensan
los médicos de quien escribe poemas.
               Y a Jaime Gil, que si usa
de la edad media no abusa,
y tiene en cambio sextina y albada,
y a Lluís su acompañante
cuando vinieron a Cadaqués
ya hace con creces diez días,
trayéndome una cantimplora
digo una botella de alcohol de Scotland,
quiero recordarles aquel paseo
en una tarde de mareo,
cuando, más allá de S’Arenella
anduvimos explorando las trincheras,
obra de los enchufados
de la guerra de hace veinte años,
y obra instructiva: esas trincheras
enseñan cómo se pierden guerras.
Y he queriso asonantar ‘estrábico’
para enseñar a estropear octosilábicos.
Helena: enchufado significa
aquel que ir al frente esquiva
sin esconderse: diplomado
y con mapas y prismáticos armado,
vigila costas, ve espías,
denuncia y pega palizas.
               Y como yo no soy malagradecido,
de corazón saludo a los eruditos
y su instrumental, los filmes, la lámpara
de cuarzo, las viejas lámparas
donde se queman ojos diligentes
que antes que los míos corren al palpitante
para mí texto de árboles y de hombres,
lo medio leen, lo medio anotan,
y me lo pasan muy puntuado
y mejor empapado de aparato.
Gracias pues, Pere Bohigas,
por tu Ausiàs (una mina
de horas de lápiz y sillón
tu lección penetrando); Pere,
con quien espero dos madrugadas
(y con Mercè) sin falta cada año:
la de Fin de Año y la de San Pere.
No fallaremos tampoco en este año.
Y como yo soy muy ignorante
y necesito auxilio frecuente, gracias,
Antoni Comas, que algunas noches
vienes al Carioca donde bebo gin
con hielo picado, y tomas naranjada,
y me traes la claridad descascarada
de un verso cerrado con el cual me había
roto los dientes (después sonríes, perplejo,
de que la nuez fuera tan blanda).
Gracias asimismo a todos los demás:
Massó-Torrents, Serra-Baldó,
Riquer y los Rubió, los dos,
y los editores de muy buen trato
Champion y Casacuberta.
Gracias a Halle, de buenos teutones,
y a las casas con lexicones
que hojeo entre dos copas
o bien entre el martini y la sopa:
tu casa, Eduard Valentí,
ahora ya lo sabes, y la tuya, Joan Petit.
               Pero procuremos ir al grano.
Caballeros nunca he visto uno,
ya lo decía. Por otra parte
a estos que trotan por parecer
que lo son, los encuentro tan abyectos
que de ellos no tajaría ni una rebanada.
Más vale intentar ser justo
y reconocer lo que yo puedo.
Si como William Morris quisiera hacer,
lo echaría todo a perder.
El embarcaba al rey Arturo
y a Ginebra y Excalibur, y salvaba
la cosa a golpes de erotismo,
de sentimiento y de sadismo.
               Pero yo que soy apocado,
pasé por Freud y me la tomo con calma
cuando me exalta una luz agónica
de vehemencia católica
(en el sentido de universal;
muy poco apunto al obispo romano),
quiero un héroe sin aureola
que no me obligue a fiebrezuelas.
Basta de comedia. Hablando claro,
lo tengo decidido desde mucho antes
de empezar a poner versos en fila.
De ningún modo es de ahorita que lo pienso.
Será un héroe muy de mi tiempo:
un tiempo que ya se me ha hecho viejo,
Helena, te lo digo con tristeza.
Pero vuelvo a mentir. Es por pereza
mental. No estoy triste cuando escribo
sino rico, y envejecer
no me ha causado todavía el trauma
que por lo que se ve a todos aguarda.
Cierto que el cuerpo pierde su encanto,
pero lo que a mí me ha encantado siempre
han sido los cuerpos ajenos
y yo no me veo más la carne que los huesos.
Con serenidad te digo que mis veinte años
pasaron en los años cuarentaytantos
y que mi tiempo es la posguerra.
Que envejecieras tú, Helena,
sí que me haría escupir sangre.
No quiero ni recordar que una sangre
joven circuló un día por la mujer
que hoy vi limpiar anchoas
despatarrada en un callejón
y tuve que ponerme listo
para no pisar tripa de piernas.
¡Fuera el color Villon! España
se levantaba en mi tiempo por hambre:
es decir: reptaba como nunca.
Se detenían trenes como orugas
en pleno campo cuando un bastón las hurga,
y medio país andaba en tren
(hasta había putas de tren
que practicaban su oficio por los guáteres),
cargando macutos, a la recolecta
de un poco más de alegría
que la que se dejaban en el tren.
Todo mundo guardaba todavía un arma
y no sabía si entregarla
o enterrarla. No es necesario decir
que hace mucho tiempo se han podrido
las enterradas, y contarlas
(incluso si se acordaran de eso aquellos
que se decidieron por enterrarlas)
sería académico y aburrido.
No te creas que hago poesía
por alegoría -que ahora llaman
realismo, y es afligente.
Hablo de armas que fueron mala
alianza de acero. Se han vuelto terrones
reductibles a polvo como los viejos huesos,
y no quisiera que tú
ni nadie joven como tú
te me durmieses al leerme.
Yo, como cualquier meatintas,
quiero sobornar a la juventud,
pero desdeño este recurso.
De aquellos piojosos años cuarenta
no te diré nada más por ahora.
Ya les pondrá toques de color
de mi narración el curso.
La atmósfera del decenio
te la da muy bien el poema
primero de Donde dejé las llaves:
usado con talento
el superrealismo es más realista
que el realismo academista.
Pero hazte cargo que has nacido
en lo más espeso de aquella embozadura,
y suben todavía hasta ti burbujas.
Desde luego entiendes que es de segundo
orden la parte de vida que el país
o cualquier lugar colectivo
puede magullar y volver ofensiva.
Imitarás si no eres tonta
a los pequeñuelos de Nínive
que no hallaban distinción entre
sus manos derecha e izquierda.
Aquel que político
se excita, acaba chivateando,
chupando como un embudo
o de oreja carnetizado.
Cuando se te acerque un lúbrico de almas
(tú me entiendes) no le digas gracias
si mete manos en la tuya. Escapa;
que yazga en su propio desecho
y el vicio que quisiera fácil
se le revierta solitario.
Mucho te deberá si de una vez aprende
que es arte larga hacerse decente
y que decente quiere decir solitario
lejos de strip-tease fraternitarios.
A la vida auténtica, pues,
nadie, ni tus padres ni yo,
la dejábamos pillarse los dedos
en los muchos engranajes
de nuestro país posguerrero,
pero nos salpicábamos de estiércol.
A mí, que tenía el coco lleno de musarañas,
ya te confesé que me convencía
aquello del nuevo orden europeo
y pegué alaridos de gato
cuando el Reich enseñó la barriga.
Estaba de servicio en Barbastro,
y un coronel con más pájaros
en la cabeza que yo, y yo, hechos un lío,
pudimos llorar la gran borrachera
por la rendición teutona.
Unimos vómitos al sol, y déjame decirte
que lo único que no me duele
es haber vomitado. Tú juzga,
y ni se te ocurra que ahora crecen
otros mucho más listos que yo.
               Pero volvamos a mi héroe.
Era un chavo de esos que hoy presumen
en blue-jeans y botas de básquet,
a quienes otro azul entonces
cubría. Había muchos gatos
esperando confundirse
en la penumbra de aquellos días
bajo un sol azul: apolillados
despistadores. Pero los escardadores
catalogaban y avalaban,
y ya sabes que los pantalones de peto
nunca dieron el azul predilecto.
Mi héroe (ya llegamos por fin a él),
era lo que ahora se llama lampista
y que yo llamaba electricista.
Hijo de una raza de sufridos
de sufrimiento todavía fresco,
era uno de los que se exponían:
no fuera a decirse que la otra cara
de la tortilla -¡la inminente!-
le llegase inmerecida. ¡Inocente!
Por un mal asunto lo había
fichado la policía:
se apuntó para repartir
las hojas de la BBC.
Un obrero joven fue mártir
por difundir un discurso de Churchill
(¡oh santa Huelga General,
incorporada al santoral
como mártir de Churchill!; ya estamos
elaborando su hagiografía abstracta),
mientras el podrido Sir Samuel
saludaba con la palma de la mano al cielo
(el celo diplomático, llega el día
que renuncia a toda medida).
No era nada propio de aquel tiempo
ni lo cambiaron los posteriores,
porque el oriente del vivir nos rota
en la plataforma giratoria
de los casos: alles, was der Fall
ist, es el mundo -dice Wittgenstein.
Los hombres casuales que somos
quizá rotábamos entonces
realmente muy centrifugados:
la placa enfurecida de ataques,
partíamos raudos, y nos recibían
¿qué inesperadas vías?
La más muerta, la más rápida
o la más asediada por los fuegos.
El tiró por una vía
convulsionada. Su ficha
del archivo del peligro seguro
lo hacía temblar de orgullo.
Yo le hablé alguna vez en lo oscuro
(anís y humo) de un antro donde
matábamos la noche jugando albures.
El no jugaba. Muy despierto, debía
de haberse prohibido prohibiciones
que nosotros sí nos permitíamos.
               No quisiera que un malentendido
se levantara hasta ti desde mi verso.
Se levantara hasta ti, Helena,
y los catorce amigos que me leen.
La mayoría de los lectores
tiene todos los malentendidos:
antes de empezar, los posibles,
y una vez leyendo, los imposibles.
Joan Maragall escribió un verso
(de los mejores suyos) donde sangra
el burgués, ferozmente burlado,
porque, trasudando insensible,
babea con ojo muerto de merluza
sin medir cuán cerca tiene
la “tempestad lejana” (términos
que quieren decir revuelta obrera),
y hete aquí que Puigcerdà
(el pueblo desde donde Maragall
aguijoneaba) puso una lápida,
ha hecho grabar su infamia,
y orondo se pavonea. Y a mí
que no me vengan con que es porque
el burgués ha ganado la batalla
y ahora se siente completamente impune.
Burrada: que el rebuznador
(burrada) todavía tiene miedo.
               Que malentiendan pues los que quieran.
Pero no es justo que pienses
que los cuarentas olvidamos
a ratos ser felices como
lo somos ahora y como lo seremos
(y no tienes que tocar madera) siempre.
A la gran piedra de sufrimiento
que nos sirve de basamento
la cubre siempre una arena leve
de afecciones felices. Suficiente
no es nunca, pero los remolinos
los levanta el aire más fino.
Este pequeño picor de impaciencia
puede darnos cierta confianza
en que cuando nos llegue el momento
de las novissima verba graves
no necesitaremos llamarlos idiotas
(pues ser inteligente denota
para nosotros un vigor de felicidad:
el sufrimiento queda desleído).
Cuidaremos de no convertirnos,
de ser leales y no mentirnos
con que nos llevaron engañados,
porque nos guiaba este tenaz
propósito de ir pasando días
y empujando años que es toda vida
(tal como ves que paso las palabras
y empujo las frases, que ese es todo
el oficio de escribir con sonsonete).
Si quisiera dar un gusto de gloria
a aquella juventud mía
que por los cuarenta perdiose,
mentiría, pese a que precisamente
lo que al joven no le sobra
es maña para pasársela feliz.
Quisiera creer lo que me dice
tu tiempo: que se han encontrado vías
para ahorrar al joven agonías
de duda y remordimiento,
pero la duda renace en mí cuando veo
que el muchacho tiene todavía flácida
la mano nocturna, y siento la ácida
quemadura de la muchacha que ríe.
Pero ahora me he embrollado
unos cuantos años, porque estas imágenes
son adolescentes, y en los cuarenta
yo ya no lo era -felizmente.
Esta confusión mía la entiendo
porque yo sé, y te lo anuncio,
que los héroes de lo que confío
contarte son adolescentes
o muy poquita cosa más.
Las horas jóvenes y felices
que me nutren el instinto
de vida, ¿cuáles son?
Estudié la teoría de Galois,
y en una tarde de setiembre
de luz que se revolcaba lenta
por el arenal donde Salou se acuesta
(tan diferente de este cerrado
Cadaqués: abstracta y extendida:
una raya de costa abierta),
peiné y recompuse los moñitos
con que María Bonet
nos escondía las orejas
(ya lo he contado en un poema).
Y no puedo ahora preferir ninguno
de aquellos órdenes de destino
que entonces en mí arraigaban.
Soñaba con suicidarme
(encerrado en el vientre de la noche
caliente, o en el frío amanecer)
pero por debajo seguía
un rastro sinuoso que me llevaba
hacia aquí, hacia ahora y hacia ti,
y hacia este verso que recoge
(aunque se escurre, como los canastos
de las Danaidas) una vieja experiencia:
porque los años como el vino
ganan con los años (hasta que pierden
fuerza y color), y porque el joven
es pobre porque no tiene modo
de encantarse en su pasado
y dar por perdonado al mundo:
criada inútil, despedimos
a la vida, pero sin herirla.
No todo es encantamiento.
Porque quienes somos inteligentes
tenemos elevado el placer de entender
y es el pasado lo que nos da tema.
¡Ay, los poetas principiantes,
de veinte años, corderillos de teta!
Quizá convenga que una nueva guerra
les traiga asunto para los poemas
que sabrán escribir veinte años después.
También hay motivos actuales
para quienes no somos demasiado
perversos y vivimos al día. Hago versos
contando mi juventud, pero ya ves
que te hablan a ti, que un verso
que no sabe a quién habla
se parece a aquel que de cabeza
se lanza a una piscina recién
vaciada o que invoca la eternidad.
               Veamos si encarrilo la historia
que te quiero contar, y que la memoria
(de la invención no hago uso)
me propone ya acabada para ti.
No sé qué nudo sutil os liga
a ti y a mi tiempo y aquellas vidas
que un día se abrieron de par en par
cerca de mí. Imaginar nace siempre
así: súbito cuaja para nosotros
un pacto de sombras separadas.
No me cuesta advertir que ese nudo
es una mescolanza de juventudes:
la mía que recuerdo y no añoro,
la que miro en ti, y las que te cuento
y son las que conozco menos.
Quien cuenta no siempre promete
dar nada mejor que una duda.
Yo no recorro ferias con mulas
para cargarlas de certezas: si algún
día llego a tener una, habré perdido
la libertad de renunciar a ella,
y es en ser libre en lo que capaz me quiero
(si quieres mercaderes de certezas
te diré nombres: conozco más de uno).
¿Ves? Me toca escribir el cuento, pero
¿por dónde comenzar? Soy libre
pues buridanesco me he encontrado
(asnesco de Buridán debería
quizá mejor decir): mi estación,
con muy pocas treguas
de decisión. Mis instantes
son reversibles como los guantes.
               Revertiremos aquel principio
que te di. Te ruego que olvides
al héroe por ahora. Te hablaré
no exactamente de la heroína
sino de su familia. Hay un buen motivo,
no me tengas tirria
por tantos virajes. Entramos
al escenario de la res.
Ay, me aburre tanto describir
los lugares donde no quisiera vivir
que no te hablaré de aquel piso.
En él trasegaban sus mañanas
muchos hermanos y muchas hermanas
y también una madre y un padre,
y la cuestión subsiguiente,
que los intranquilizaba a todos,
era la de encontrar cómo escaparse.
Algún recurso eran las misas.
¡Oh, pero oh cómo me aburre
este espeso agrupamiento grumoso
de familia ‘de orden y principios’!
No quisiera tener que desnudar
a ninguno de sus miembros.
Lo malo es que son buena gente
y a despreciarlos no me arriesgo,
ni ganaría nada con ello. Si los privo
de consistencia moral,
¿cómo podría después montar
un cuento sobre lo que sufrían?
Muy cierto es que siempre sufrían
y no como sufro yo al día
siguiente a un exceso de alcohol,
porque a mí un pensamiento me consuela:
he bebido más de lo conveniente,
pero ese consumo (si llega al abuso
¿qué le vamos a hacer?) es una buena
costumbre. Ellos, y de largo,
no consumían lo que les convenía.
Se empobrecían, que es la vocación
fatal del rural en Cataluña. Por más
que haya venido agravándose, bien
que lo veíamos al despuntar los cuarenta,
cuando todo mercado era negro, y ellos
medio se atrevían vanamente a pensar
que entre negruras tirarían
siempre si nunca se salían de él.
Llegó el año cuarentaycinco
y les retiró cualquier permiso
para delirar que las riquezas
son, entre cartas de pobreza,
las cartas de encima del castillo.
Terratenientes incompetentes,
una restricción de créditos los ha
guardado de tempestades extremas
durante quince años, y les ha dado miedo
(¿sabes lo que dicen?) la inflación.
Aquí los tienes. Que a mis personajes
los para aconejados de miedo esta clase
me deja mal sabor de boca, pero ¿qué
le puedo hacer yo? Y más mal sabor
me deja todavía que vengan junto conmigo
del pueblo donde se enredó el canuto
del hilo que yo soy. Voy tirando hacia mí
(como arrancar una costra antes
de tiempo, perverso): estiro el hilo
por ver hasta dónde llego.
No muy lejos. En tradiciones,
ingenios o placeres o vigores
mi pueblo no da para mucho.
Pero saber lo poco que valen
no es poco. Reus, donde nací,
se delata como caso agudo
de ineficacia económica. Quien
no suele papar falsas razones
no puede no descubrir que todo
ha ido viniendo a menos,
y, así, Reus es un pueblo cínico.
Teniéndolo lejos, lo llamo magnífico...
La gente allí vive muy mezclada,
sin paredes ni dignidades; no hay
ni que espiar ni andarse escurriendo
para saber qué dispone y a dónde tira
cada casa, pues la desesperación
les es común, porque fueron
fundadas (bajo un cierto régimen
que ahora agoniza) en el decenio
penúltimo del siglo pasado
por franceses y antepasados.
Ya hace tiempo que el francés se ha largado
y se han ido aflojando las tuercas
de los linajes. Han adoptado
la política de perro flotante.
Tajados por la avellana turca,
por el vino chileno y la aceituna
andaluza, se han arruinado.
Y en cuanto al vino del Priorato
(o Tarragona: la optimista
denominación de origen),
es, como siempre, vino campesino
destinado al consumo del inglés
(bajo welfare) que del Oporto se priva.
Del vino campesino dice el mito
que es muy bueno. No hagas caso:
es vino sin acabar de fermentar:
que guarda dulce -como las ideas
de nuestros políticos de izquierda.
Cualquiera que arrempuja un carro
prevé el último pedregal,
pero mi pueblo (te lo decía el otro día)
la única idea constructiva
que ha tenido desde que yo nací
es la de ponerse a incubar huevos.
Sí. Gracias: también mis versos.
Este es tuyo; no lo corrijo apenas
(ni podría: cuanto más avanzamos
más tuya modula curva su voz),
pero te diré que el último
filón de versos me llegó vuelto
hacia Josep Pla que está en Llofriu.
No nos conocemos, pero me escribe
amable cuando recibe mis libros,
y a lo largo de los años sus libros
me han enseñado a ver
a la gente del país catalán.
Aquel día te reías viendo
que yo farfullaba airado
tratando de pobres a los ricos
que flotan por nuestro país.
Verás: no me puedo pagar manías
ni obsesiones distributivas.
A mí que no soy productivo
me interesa que ellos sean ricos.
Buen parásito, soy conciente
que si no crece gorda mi bestia
ningún espejo me verá engordar.
Y esto, también, ya lo dijo Josep Pla.
               Tantos versos he hecho morderse
(cola del uno, boca del otro)
que estamos en octubre, y ayer
por la mañana te fuistes por
varios meses a Barcelona. Otro
verano que se repliega al rincón.
Yo me he quedado unos días más.
Mejor no lo hubiera hecho:
tengo encima la tramontana.
Hago el muerto, cerrada la casa,
pero este perrucho danés inmenso
no se distrae. Siento su aliento
en la nuca, me salpica de baba,
y sus patas empiezan a revolcarme.
Exagero, y para nada me aprovecha,
pues perros en Cadaqués ya hay bastantes
sin que ningún soñoliento
se los invente metafóricos.
Exagero, y es porque el viento
se da aires de violento:
me es innata la cobardía
de obra, y sólo pienso valentías
de pensamiento. La verdad
es que hay rincones tranquilos.
He estado viendo la bahía
desde las escaleras en la Riba
por las que bajabas al salir
de casa, hace tan poco. Vi
una impaciente red
interferida, porque son muchas
las embocaduras del viento
y cada una tiene su haz
de surcos, y se modifican, varias
como las intenciones de un alma.
Para todo roce de un brazo de viento
o el dorso de una mano, hay un gran pez
que vibra escamas de espaldas
y su fría sangre parece encendida.
¿Ves? Todo esto viene de asumir
que la naturaleza está por mí
y me quiere de pescador de imágenes,
antropomórfica redada.
No muy convencido sin embargo:
me gustaría más platicar contigo.
Hago lo que puedo, y en la bahía
sólo pesco yo: turistas no quedan
ya, y a la gente de Cadaqués
le hace muchísima falta reposar.
Moratorias de presencias
como la mía no obtienen
indulgencia, ni son buenos ojos
los que me ven facha de absurdo.
Catorce días que escribo versos
y tengo más de setecientos tendidos.
Buen término medio, pero este
tu poema de Cadaqués
será en gran parte de Barcelona,
la ciudad que tiene tanto de bona
como esta asonante, que suena falsa.
Tú y yo que no comemos alfalfa
procuraremos no enterarnos mucho
de qué se quejan, y con sus caras
de ansiosos, ya qué le vamos a hacer.
Espero que no pierdas el tiempo
y te pongas la cultura al día:
así te reencontraré neo-vestida.
               Y hoy martes tres he recibido
tu carta. Como no puedo
ni por un momento conseguir que sea
más baja esta muda voz ritmada
y me la oyen algunos más,
no te responderé. De Cadaqués
(el trauma de la tramontana
me había puesto basuritas en los ojos),
no todos los turistas se han esfumado.
Miro a la inglesa (ah, si fuese
rusa) del Joan de la Bola
(-¡qué bien por el octosílabo!).
Pone los pies en una silla, junto
/¿quieres llenar tú este verso vacío?/
a los de la gabacha desnuda
(de pies nomás) que nunca se cambia
(¿te acuerdas?) aquel pantalón
rojo, de veras menstruoso.
A turistas no le han hecho mucho
las dos muchachitas hasta ahora,
si hemos de creer lo que dice
la mala lengua del verano.
Y ya que no tenemos burgueses
(ni ribereños ni tramontaneses),
nos acostaremos donde nos plazca
la de la rosa y la del gallo
y yo y el Joan de la Bola.
El amant de coeur que es hijo del pueblo,
las cortesanas en reposo
y yo, poeta que recoge la redada:
tenemos pueblo felicitario.
No dudes que de esto soy partidario.
Y en estos días que soy también
medio feliz, la idea de que el Joan
de la Bola tiende a serlo
me ayuda a reír de muy buen corazón.
“Fecundo, pero no sabe lavar
de la placenta personal
la obra”, dice el crítico peón de obra.
Lo oigo, como quien oye llover.
               Estoy devorando panecillos de almendra
comprados en La Mallorquina
(de aquellos que me enseñaste
a que me gustaran) y me alarma
que no pueda retomar el hilo.
Ah, sí. No tiene nada de fino.
Basta con decir que la miseria
material produce miseria
moral, y que mi gente,
infectada de empobrecimiento
(para el burgués no hay enfermedad
más grave, y de larga agonía),
forma un lazareto supurante:
sufridos, abnegados y cobardes.
Dos virtudes, pues, por un vicio;
pero son virtudes de martirio
y el vicio incuba crueldad.
Si alguien se iba defendiendo
eran los hombres de la casa:
pasaban horas afuera. El padre
no podía trabajar más: unos cuantos
días para vigilar la cosecha
y otros tantos para las cuentas
le dejaban muchos del año
sobrantes. Probó todo lo que pudo
para redondear sus entradas. Pensaba
hasta de noche. Cursó órdenes desde lejos;
las órdenes cursadas se le confundieron
y meses más tarde quedó claro
que se había aplastado los dedos.
Tranquilo por fin (el ojo de las mujeres
encima), mataba las horas
lógicamente fuera del hogar:
casino, café, sindicato (quiero
decir: Instituto de San Isidro).
Que lo vigilasen, sabía que era
inútil: ya no tenía dinero
de sobra. No creo que llegase
a comprender que en verdad
nunca lo tuvo: la tierra le demandaba
sedienta una buena lluvia
de invención de inversión.
El, que a la ganancia llamaba ahorros,
tenía la facultad natural o el desvarío
de ayudar a fugas y transportes
del dinero lejos de su terreno.
No viene a cuento. Cuando yo lo tomo
ya no había lugar a cálculos.
Tenía hijos, carne del instinto
que había absorbido su dinero:
le pegaban fuego huyendo de la quema
y estudiaban una carrera.
Todos ellos dinero desinvertido,
desamortizado y evadido.
Nueve meses al año, si bien tomaban
pocos baños y pocas calorías,
no inspiraban aire de hogar. Eran
buenos estudiantes, estimulados
por el miedo azul a no llegar
a su debido tiempo. A los machos
los teníamos pues encarrilados
o estacionados terminalmente.
               Toda estación selectiva
requiere vías muertas. Por la casa
se alargaba la rama femenina
sin poda ni cultivo.
¿Poda? Pornografía.
¿Cultivo? Quién iba a comprometerse
sin conocer el gusto de los maridos:
no atemos de manos al destino.
Conocí a un cierto posible
marido. Sólo le repelía
(no se trata de gustos: la palabra
la da la precaución)
en una yegua a la que miraba
los dientes con vistas a honrarla
montándola, que por mala suerte
fuera hija única. El consuelo
de la herencia no pagaba
encontrarla individuada.
En las mujeres, la cantidad
garantiza la uniformidad
o la neutralidad interna.
La botella la abrimos llena.
A una mujer la ha de llenar el uso.
El cuerpo: de lo que serán los hijos;
y el entendimiento, de decencias
que liberarán paciencias.
Resueltamente cuantitativo
era el pequeño mundo femenino
que te cuento. No me distraigas.
Quiero que conozcas a la heroína,
y son tantas que las confundo.
Ah, ¡ya la veo! Iguales como son,
para complicar se pasan la una
a la otra los vestidos. Bueno. Y ahora
que la heroína quiere entrar
parece que me toca adquirir
un tono de simpleza lírica.
Pero quiero la fábula verídica,
y la muchacha, si no se distorsionan
los hechos, no era ni con mucho
tan guapa como eres tú, Helena.
Tenía un aire de mosquita
muerta de frío y de tristeza
y una sonrisa como un saltamontes
agarrado entre dos piedras
que sabe que las oprimirá
la fuerza feroz del niño.
Me conmueve, pero reconozco
que me adelanto. Entre las hijas,
lo único por lo que la distingo
es por la acción de mi relato,
y todavía no hemos llegado
hasta allí. Ni la propia matriarca
distinguió nunca sus caracteres.
Las reconocía por el turno
doméstico de obligaciones
que las veía ejercer. Llamaba
por sus nombres (declino ponerlos),
y le contestaba un montoncito
de acciones pasadas, guijarros
que no formaban orden en serie
ni sistemas de coherencia.
Si un guijarro cambiaba de montón,
era accidente muy común pero
inadvertido: la memoria daba tumbos.
La historia familiar era (si puedo
verla con los ojos de Collingwood)
de scissors-and-paste. Un pegamento
encostrado y muy reseco.
Dos hechos en todo aquel archivo
permanecen bien atribuidos,
nunca fuera de sitio:
el matrimonio de la tercera,
y el desmadre que aportó la segunda,
la monja, cuando reclutó
para que también lo fuese a la criada.
La verdad, no quiero bromear.
Sostengo que no soy yo el perverso,
y exagero porque río verde.
Más vale deslizarme rápidamente
por aquel orden cuartelario
que nunca me podrá inducir
simpatía, y subversivo
a mis años no se es con gracia.
Mancomunadas en la matria
(no han entendido de patrias
ni la primera palabra del primer verso:
quiero decir: ni siquiera la aritmética;
quiero decir: ni una brizna de inteligencia),
cada muchacha tiene su sombrío
rincón tierno, y un plato preferido
que cocina el día que le toca,
y una almita que reposa
(el alma, ese minúsculo fuego
de una luciérnaga: el cuerpo).
Y si alguna vez algún espasmo
convulsiona un surco en alguna mejilla,
nadie puede decir que así haya sido:
se olvida como los pensamientos
o las películas o los sueños.
De tanto en tanto estallan odios
y tiemblan voces. Puede ser tenaz
la lucha, pero no se sabe
casi nada de ella. Los hombres dejan
la casa. Se llama al clérigo.
La madre siempre se ha guiado
por un principio bien trenzado
que su cerebrito no deslía:
una tentación, tan viva
que los capellanes y los maricas
no se resistirán nunca a ella,
es la de hacer daño a una mujer,
y el clérigo es así arma pesada
para las civiles guerras hembriles.
Si un día lo llamas, buen provecho,
pero a mí de eso ni me hables, ¿eh?,
porque los curas me dan asco.
No puedo aprobarlo, porque a este
país lo apestan ascos repodridos
por un miedo largo. Y entender,
sé que es mucho mejor que temer.
Pero, ¿qué puedes hacerle? Somos
todos (que no me proteste la frase
de Hobbes porque de paso la recluto)
hijos del español y de La Miedo,
su mujer de siempre.
A los posesivos que somos los hombres,
murallas contra el miedo
sólo las cosas nos las levantan.
¿Cómo quieres no vernos espantados
a quienes vivimos desmantelados?
¿Te acuerdas de aquel me estoy quedando
tan pobre, de Antonio Machado?
¡Cómo se le iba escapando el sentido
de si mismo, y de su destino!
Pues a mí se me escapa el de este poema
cuando las personas me sufren.
               Me voy mañana de Cadaqués
si hoy me llega el dinero. Un mes
se ha escurrido ya: treinta días
haciendo pájaros de papel de vida.
Igual que cuando llegué, dejaré
este pueblo con viento de mar,
y de mar de sudeste (que ya entraba,
por debajo de un golpe de tramontana).
Yo tengo ya el entendimiento del invierno.
Pesado de miel como el de hoy
no verás muchos soles. Me empalaga,
no me baño, y una línea extraña
(reconozco el arabesco enroscado
al cuello de Madame de Senonnes)
me desdibuja la bahía. Vete
tú a saber por qué, por estos días
recuerdo a Ingres a cada rato.
La verdad, sé muy bien
por qué, y no quiero decirlo:
leo la Traumdeutung, me veo
por dentro, y veo a Ingres
ligado a mis proclividades.
“Volvemos a las procacidades”
(reduplico el pareado),
diría algún necio. Tú ni te espantes,
Helenita, ni tienes que esperar
a ser grandecita. Mira bien
las intenciones de los ojos viejos,
y no me podrás encontrar un sólo hombre
inocente como las bestezuelas
que nadan por el inconciente:
ninguna trabaja y ninguna miente.
Cualquiera, despierto es cuando da pena:
habla para no sentir dientecillos
mordisqueándole algún maldito hueso
en lo alto, en las buhardillas del recuerdo.
               Ratas se entierran en espesos
panes de recuerdo: son mis versos,
sobre todo ahora que te quiero decir
(me ahoga el olor a podrido)
que yo fui joven entre muchachas
como las que te cuento, y que las muchachas
que te cuento tenían que sufrir
entre jóvenes como yo fui.
¿Me hará muecas el poema,
otra vez, a mis espaldas,
o querrá que me veas llorar,
cocodrilote de cuarenta años?
Las manos que estrujan faldas,
las ávidas caras que me miran desde
tantos espejos mal argentados cuando
ahora mismo me pongo enfrente de ellos,
los cuellos de entonces que se voltean
para no verlas –Me salen peinándose y regañonas
las diez mil brujas de un recuerdo
estremecido de lluvia y de sol,
y con mirada burlona, sin prisas,
dicen (¡ridículo yo!) que esperan
mi palabra, mientras los insistentes
turnos de sus peines acompasan tiempo.



[De Doce poetas catalanes del siglo XX, versión de Orlando Guillén]

 
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