TIEMPO, CAOS Y RESPLANDOR
DE LO VIVIDO Orlando Guillén
La oscuridad de pronto que hace posible el resplandor de lo vivido
nos cierra el párpado solemnemente: rito que la muerte rinde
en préstamo a la vida, nos apaga la armonía del ocaso
que reluce conforme a la belleza: la muerte, último caos
del orden humano que siendo de cada quién repercute por amor
o por odio en la máscara sobreviviente de los demás.
Hay muertes propias, y hay ajenas indiferencias. Música turbia
del osario común. La muerte del poeta es relativa: muerte
de paso que habitó un espíritu. Eso que no es consuelo
pero queda como tiempo estanco por un segundo una poca de mar en
la cuenca de las manos, es recuerdo, es obra y es vida. La flor
negra del caos y el tiempo en la solapa, resplandor de lo vivido
en la memoria, y no más digo de la muerte de mi amigo, de
mi hermano Paco Seguí, ahora que enfrento la evidencia de
sus obras completas, sinfonía a trancos inconclusa. Paco
escribe esto: "El Caos vendrá después de varios
siglos/ cuando el que prolonga el ser perfeccionado hasta la delicia,/
le devuelve el rostro a la delicia/ con látigos y fósforos
que tiemblan". Y también: "vendrá el Caos,/
este vacío irreprimible,/ horrible desazón enlutada
en los viejos refranes desacompasados, y diremos que sí/
a todas las bárbaras plegarias rezadas en silencio,/ porque
no van con nosotros los crímenes del hambre y de la guerra.../
dos tres siglos de eróticos sentimientos sobre la tumba de
los desconocidos,/ algún amor profano con la margarita de
los colores estériles:/ helados y pretenciosos discursos/
para alimentar los senos de las parturientas más delicadas,
un abucheo de ayes corrompidos/ y soñar,/ tapados el tímpano
y el cerebro,/ soñar,/ colorear de besos los esqueletos vivos
de los asesinos". Así la poesía de Paco Seguí
entra en el tiempo o en los siglos por la vía del Caos, de
un modo diverso al de José Revueltas (itinerante espiritual
mexicano de experiencia al mismo tiempo cercana y otra a la suya:
"En el principio había sido el Caos, pero aquel apacible
sortilegio se disipó y la vida se hizo; la atroz vida humana"-de
memoria). Para Revueltas el Caos es principio, origen. Para Seguí
es futuro, fin. Mas desde lejos emparenta la aventura conceptual
el hecho indudable de que ambos se expresan desde el interior bullente
de la atroz vida humana. Para el uno tanto como para el otro, la
condición de la atrocidad define la vida humana, y en esa
medida son autores-límite, y, por ello, el Caos es concebido
por los dos como dimensión tiempal y no solamente espacial.
Fin y principio se tocan aquí además por el extremo
de la utopía. El Caos de Revueltas es (apacible sortilegio)
utopía del origen; el de Paco, utopía de la ruina,
de la destrucción total bajo los escombros del poder que
la atiza; beckéttica utopía de fin de partida. El
terrible espectáculo del mundo y su reducción esperpentacular
a la infamia en ejercicio del poder y los sistemas de vida impuestos
sobre la especie, llevaría a Paco a la noción de la
indolencia como categoría de la tragedia en su madurez, pero
en los encabalgados, sostenidos poemas de Prohibido amar
las cucarachas (1973) que, después de la intentona
principiante de La carne y el verso (1969) , es
su primer libro notable (y que en este lugar me sirve para procurar
el establecimiento de una poética), ese sentimiento no existe
todavía ni siquiera como ente abstracto (lo que significa
que la indolencia como concepto es producto de una meditación
y de una evolución espiritual del autor); y en esa razón
no ostentan rayas de desencanto sino estrépito de rabia aparentemente
baldía que la poesía revierte floreciente en rosas
de sangre coagulada. Algo prójimo a la estética del
odio, desde la sabiduría que se expone práctica de
que en un mundo como el que vivimos (signado por la rapiña,
el hambre, la guerra, la bursatrapía...), las cucarachas
han prohibido literalmente amar. Esto supone, ya de entrada, en
esta poesía, una defensa del amor (en términos contemporáneos
como en los de Shakespeare sostener con la muerte y con la vida
el derecho al amor) y mucho más acá y mucho más
allá que su mera glosa, boleada que lustra a tantos falsos
amorosos y que, cómo no, salpica. Escueta, pues, y apuesta
la propuesta primigenia del título de este libro, su disposición
sintáctica lo implanta en la diálectica del doble
sentido y en el juego de oposiciones entre el sujeto y el predicado,
más que en la lógica inerte de la ambigüedad.
La ambigüedad no es rastreo, búsqueda, movimiento (razón
humana en movimiento; belleza humana en acto): es estática
en el azar y en la circunstancia, atole generalmente con el dedo
de la metáfora. La poesía de Paco Seguí no
es ambigua sino contundemente espiritual, sombríamente vital,
amorosa en acecho y cuajadamente conceptual. El cuerpo y el amor
delicadamente se enlazan: forman líneas y espacios: ámbitos
huecos. Sus presencias vivas adorables son exclamaciones malditas:
la historia, la piedad, lo sagrado. Contra ellas El Otro se deslinda.
Tres términos que la muerte convoca alucinantes elevando
en el hombre el rito a la grandeza. Así el dilucidamiento
de un arte poética en esta obra de madrugada, que será
base de largo alcance por evolución de espíritu y
por voluntad de estilo, impone exigencias oscuras de difícil
asunción, porque no es suficiente con comprenderlas ni bastan
para el propósito complicidades elementales. Es más:
esta obra rechaza las complicidades. Su destinatario es la lucidez,
la conciencia, la atroz belleza de la especie, y aplasta con pata
ciega el dictum de las cucarachas. El lector ideal de esta poesía
es poeta de por sí o será poeta en Utopía.
"Asómense al pétalo veleidoso/ De un temperamento
humano/ A su intranquilidad/ Yo los invito a la inquietud/ A la
violenta posesión de los seres amados/ Al cianuro siempre
dispuesto de una ofrenda grave/ Al dolor despellejado de cualquier
ornamento inútil/ Al orgasmo que transporta la música/
A la abierta oposición del presente". Y, 1) "Yo
les invito a perderse en el sexo"; 2) "insatisfechos el
numen y la vida yo les invito a la hostilidad"; 3) "Yo
les invito a la soledad (donde uno puede seguir siendo ninguno)";
pero, por encima, 4) "Al humano animal que prende fuego/ en
la tierra seca a la hojarasca/ Al solícito vivir de una chispa
humana/ que devora soterradas raíces/ e incendia relámpago
un cuerpo bello/ más bello aún que su hermosura".
Sobredosis de poesía total en reclamo al ser y a la conciencia
en activo de los días para cambiar con la vida la vida. No
en el sentido adolescente de Rimbaud, que permite salvarse sino
en el ejercicio de la poesía implacable en todas y cada una
de las edades humanas que nos sean dadas, trayectoria erizada de
creación y vida que Paco siguió hasta la muerte. Se
trata, y es rayón en esa línea, de un planteamiento
de forma y contenido que da sentido a la vida cambiando la hermosura,
la pisotees o no cayéndote de borracho de bruces entre la
uva en flor. A propósito: El sentimiento me hace menos
sensible. Un bosquejo de elegancia por todo lo alto. ¿Deslumbraríamos
al entonces pretendiente del mar? Durante un tiempo un engaño
sin nombre y el escribir locuras donde no llega el cerebro a serenarse,
a pincharse o destruirse: PROHIBIDO AMAR LAS CUCARACHAS Y ANIMALES
ARÁCNIDOS. Un trozo de madera recién pintada para
no resolver nunca nuestra íntima situación y los brazos
tendidos que me imagino lanzas desconsolada, presta nunca a obligarte
a ver las cosas con un sentido nuevo, una machacotada de azafrán
para una boca linda, un cuerpo hermoso con el que destruirse, anegarse,
tumbarse, desoírse, calentando algún trozo de papel
para algún desconocido donde no hay nadie pero se presiente,
que es y que al mismo tiempo no es, de ahí su presencia irracional
maravillosamente irracional, lúcida ingenuidad de temblor
y chispazos ilusorios avasallantes por su poder abstracto, pero
que indudablemente existe, delante del cuadro contemplación
de un nacimiento nuevo donde la imaginación, sólo
la imaginación puede redimirlo, crearlo: un artista recogido
y asesinado por su misma índole de asceta, al estupidismo
de la ignorancia. Sobrada región flotante para no entender
el qué y el cómo Y NO ME DIGAS QUE ESTÁS TEMBLOROSA
ni esas lindeces de niña sentimental porque a uno le están
cayendo las telarañas de los ojos y no verá más
ni sentirá más, ni escuchará más el
gemido de aquel moribundo lento en reflejos, cortado, indolente,
escapándose un hilillo de materia gris por la herida de una
uña, y resucitará recién alimentado PROHIBIDO,
explotado con calor y una pequeña cicatriz en los cartílagos:
una de dos, o tres, o uno que estuvo allí y no le vieron
nunca. Estos versos de Paco sí que valen bien su prosa.
A lo que ya ha quedado dicho, vienen a desplegar una poética
programática o mejor sarcásticamente poemática,
ambas inclusive, que se resuelve en una teoría de la poesía.
Esta teoría se desprende de un poema de amor: lúcida
ingenuidad de temblor y chispazos ilusorios avasallantes por su
poder abstracto, pero que indudablemente existe, delante del cuadro
contemplación de un nacimiento nuevo donde la imaginación,
sólo la imaginación puede redimirlo, crearlo: un artista
recogido y asesinado por su misma índole de asceta, al estupidismo
de la ignorancia. En el centro del vuelo reposado donde convergen
todos los sentimientos letales: el amor y el vanidoso instante en
que se vive, la profecía del Caos siempre a un paso del amor
y su perversión varicosa y bajo control por las imposturas
religiosas y morales, cubre el espacio extracto y metaforme del
tiempo con verdura de la era humana y música entre el síncope
y el grito: música tótem, música de mito. La
poesía de Paco Seguí mana y mama de la raíz
del tiempo con variaciones de música. Es la sangre mortal
del siglo XX, las horas a cuchillo. Por eso recuerda desde otra
perspectiva la teoría de la poesía como insurrección
solitaria en Carlos Martínez Rivas (a la cual alude, y uno
de sus temas que fueron grandes cuadros: la mujer de Lot) o la teoría
de las edades en la muerte que se desprende de la práctica
poética de Joan Vinyoli, dos poetas simultáneos y
al mismo tiempo lejanísimos pero de espíritu tocayo
en tantas otras cuestiones del espíritu. Proceso de lucidez
por otro lado el mismo: si música es el arte de bien combinar
los sonidos y el tiempo, según el breve agravio de Hilarión
Eslava, que prescinde de su sentido humano en mérito de pie
de piedra al eros pedagógico, habría que ahondar en
cómo en Paco el tiempo es música humana. El paso de
los días tiene en su obra créditos ostensibles en
la meditación liberadora del catolicismo y su extensión
en intención: el cristianismo (en todo caso apenas referenciales
en Prohibido amar las cucarachas, pero que tendrán
base por altura sobre dos en la espléndida novela Pátalo
-1984- y en De Anima Vilis), mas su sostén
sin duda en el sonido pando del idioma como crepitar de leños
en la aurora: meditar en el remanso del lago me abre el apetito
del amor como otra operación sin sustancia del sonido por
una curiosidad emocional que relame el pubis y crea la parábola.
Correría todos los peligros de la deformación si orara
la quietud o hiciera de la contemplación un simulacro de
experiencia. Contemplar es una experiencia relativamente pasiva.
La experiencia como se entiende en el verso es el involucramiento
directo en los hechos humanos de la vida: es acto, y estricta protagonía:
ante todos, y en privado: su dimensión es ética. La
vida por encima de la contemplación de la vida, sin que a
la otra la una la niegue. Pero es falsear la realidad, correr todos
los peligros de la deformación hacer pasar la contemplación
por experiencia directa: es montar un simulacro de experiencia.
Poesía que prima la vida por sobre las formas de contemplarla
o incluso de expresarla, porque poesía y vida integran o
son el ser dual, tronco de la eternidad y de la muerte, del sueño,
de la finitud del sueño y de la infinita finitud del amor.
En una historia de vida que toda una poesía sostiene, no
nos une el amor sino el espanto. Poesía de agresión
y estertor, de ternura y sarcasmo de las masas de gris blanco y
vivo en vuelo de las gaviotas que la surcan: Sofía no
puede desnudarse más que los senos redondos bronceados y
no tiene más que contarme: la ermita de sanmiguel, el sacromonte
no serán sino paisaje donde poder reírse de la intensa
llamarada de la vida. La indolencia aquí es omisión,
deshonra, entendida en oposición al ejercicio directo de
la vida. La indolencia literal convencional no cabe en la concepción
de la poesía de Paco, de manera manifiesta en Prohibido
amar las cucarachas: aquel moribundo lento en reflejos, cortado,
indolente, escapándose un hilillo de materia gris por la
herida de una uña, resucitará prohibido, explotado
con calor y una pequeña cicatriz en los cartílagos:
eso así sostiene uno que estuvo allí y no le vieron
nunca, elegante esteta y poeta de la vida que se escurre en la sombra
sin dejar no más que obra. Paradoja de la preindolencia en
la poesía de Paco: si alguien resucita, no está prohibido
resucitar, y ese alguien no puede resucitar prohibido. Paradoja
y sarcasmo, como vindicar para la vida al nacidomuerto. A menos
que el resucitado sea el poeta mismo, cosa nunca remota, y también
paradójica. Sea como fuere, establecido un arte poética,
un instrumento de indagación y escrutinio de la vida y del
sentido de la vida desde una ética de la muerte, era natural
el surgimiento de un proyecto poético de vida en las dimensiones
cósmica, espacial y tiempal de profundas y melódicas
incisiones humanas: el caótico ciclo De la presencia
al estallido, donde el caos cobra la forma de estructura:
resumidero de libros que no son más que la línea de
su título (Embriaguez de sombra, Mundo
estupidera, fechados en 1980 y 1988, respectivamente, y
publicados en México), pero al que pertenecen entre éditos
y póstumos que esta edición recoge Avara presencia
(1980), Poemas del indolente (1978-1986), Octubre
nunca pasa (1992; aparecido en 1994), De Anima
Vilis (1988; aparecido en 1992), y al que corona sorprendentemente
la sorprendente novela Pátalo (1983-1984),
a pesar de su data. Aporta más caos a este orden el hecho
de que apareció primero el libro segundo del ciclo (Avara
presencia) y, el colmo, el epílogo (De Anima
Vilis), mientras el cuerpo central ciclópeo permaneció
inédito en vida del autor . La noción de la indolencia
como categoría trágica está íntimamente
ligada con este ciclo. Se desplaza en un arco que va desde 1978
hasta 1994, y puede decirse que toda la obra de madurez de Seguí
es producto de esta miradura, lo que confiere a Avara presencia
relieve de autonomía transicional y factura y textura circunstanciales.
Pero quizá, como quiere Salvador Espriu, toda poesía
sea circunstancial, así también la quiera dialéctica
y 'ambigua' y no se refiera a la ambiguedad de los mutantes ambiguos.
El título remite a la poesía, cuya avara presencia
se produce después de pródigos tramos vitales de sequía
creadora. Pero debe entenderse también como una definición
personal de la presencia de la poesía en este ciclo, porque
a pesar de sus singularidades azarosas el libro pertenece a él:
es más, en la práctica arranca con este libro. Entonces
pues aparece la poesía como muñón avaro y no
se desparrama generosa: más bien tensa, densa, contenida
hasta el chicotazo manco, el estallido. Esta definición conlleva
la angustia del creador, más allá de la desesperación
estéril. En términos generales Avara presencia es
un libro temáticamente circunstanciado, avaro de su límite,
a su pintura hermético, intenso en amor de sombra y contraluces
y escrito en contrapunto músical al diapasón a tragos
de Prohibido amar las cucarachas. En contrapunto, digo, no en oposición,
pues este dominio ritmal y melódico es una extensión
y una consecuencia de la respiración diríase prosódica
de las tajadas confluentes versarias y prosaicas que acompasan y
desacompasan al libro anterior. Se podría especular aquí,
a la luz de que el autor lo ostenta como libro segundo De la presencia
al estallido y al inestimable aguijón titular, si, en un
momento dado, Paco Seguí no llegó a pensar (aunque
no lo haya dicho o acaso asumido), que Prohibido amar las cucarachas
fuera en realidad el libro primero. Ello daría a la totalidad
de su obra (si exceptuamos su aprendizaje), un carácter unitario
cuyos movimientos de espíritu caerían en su conjunto
dentro de un solo ciclo vital de creación. Puede leerse así,
ahora que ya es obra acabada, pero ciertamente no fue tal la voluntad
expresa del autor y Prohibido amar las cucarachas merece extrapolarse
autónomo y claramente representativo de la juventud del poeta.
La música en Avara presencia adquiere perfiles estrictos
pero no necesariamente escandidos: son golpes de oído que
pueden o no rayar la perfección (el gusto por los rompimientos
súbitos, raras veces bruscos permanecerá en Seguí
hasta el final), e incidentes melódicos de respiración
que obedecen a impulsos de espíritu: "Alas. Blancas,
rojas, negras alas/ Negras y rojas. Alas blancas. Rojas./ Un eco,
un atisbo, ¿quién goza? Aquí,/ Acaso el cuerpo
grita o pide y no se/ Espanta. Piedras en abanico/ Las contiene.
El gozo temporal/ De la mirada, el gesto, los contiene/ Con crueldad
a pedrada y a tierra./ Levanta el vuelo y el humo de las/ Campanas
y el aliento de las alas/ Negras y rojas y el aroma blanco/ Eyacula
la efímera insistencia/ La calma auroral de la voz herida",
es una muestra donde el deca y el endeca sílabos se dan la
mano fugaz mientras se cuela uno de doce que, al encabalgarse con
el verso que le sigue mantiene sin embargo el juego rítmico
y melódico: Acaso el cuerpo grita o pide y no se/ Espanta...
Este hervidero lúdico, por lo demás, cubre el movimiento,
el sonido y el tiempo de Quinta naturaleza, la serie de cinco poemas
que abre el libro. Pero "Se queja la otra mitad/ Del agua de
mi sangre.// Han callado la fuente,/ Han cortado su dorada cabeza/
Y la han dejado caer/ En un pozo sin límites./ Atentos esperamos/
En silencio/ Un dolor hilarante o un golpe/ Seco". Extraño
a las veleidades de la autocompasión, el poeta enfrenta la
ascensión física de la muerte propia en su propia
madriguera: el cuerpo propio; testimonia allí, pero no queja:
el espíritu espera un dolor hilarante, un dolor para cagarse
de la risa, no para sufrirlo, pues toda introspección es
conocimiento abstracto y revierte en realidad concreta: la muerte
es permanente, diaria, y es más sabia la burla si se crece
al castigo. Enfrente está el asedio, la guerra sucia de las
imposiciones y los condicionamientos de las fórmulas opresoras:
"Cruje la espuma:/ Un aroma húmedo reposa./ No sabes
de qué color/ Te matan". Porque es "diente de ti
lo cósico". El tiempo se dilata si "se explosiona/
Hinchándose sin alas/ A la orilla". En este libro, "Acartonado
te inoculan/ El interior del espanto", y en él el cuchillo
contracatólico se hunde en carne de excrementerio, adquiere
identidad material: "La larga marcha de peregrinos sórdidos
a envenenar/ De verde, sus diminutos puntos, la ancha plaza/ Del
vaticano como otras plazas y plazas de columnas vastísimas/
Donde palomas blancas y grises pavonean la espera/ Del balcón
romano, la salida en punto del monarca/ De dios, el hierofante alma
contoneándose/ En oro y plata finos hasta los pies de lechuguinos
oros,/ Zapatitos diamante y báculo de escarcha,/ Escarcha
roja que dora la inhumana riqueza/ Y la humana miseria que lo adora".
Desnudo a pie gritando la misma intensidad, el autor se decanta
por aquello de volar (pero son pocos) y la avara presencia poética
se expresa en el límite de lo humano como "Un pensamiento
acorde/ Al son/ O al grave son su música/ A modo de pétalo
caído". Mas inmediatamente, a libro seguido la indolencia
es agonal. Los poemas del indolente son agonías en actos,
en actitudes, inteligencias y sentimiento; pero son agonías
sarcásticas. Sin embargo son caídas profundas, y llevan
la burla adentro, porque el espíritu de la vida no muere
a la primera agonía. Y menos aquí donde la agonía
se apaña instrumento de trabajo. Una meditación constante
sobre la poesía y sobre la servidumbre a la poesía
rinde y cosecha: la agonía de la puerta de todas las llaves
y ninguna; un modo de entrar manifiesto por la Reina. "Y sobre
todo aquel, recuerdas,/ Que me detuvo los ojos/ Por otear el inmenso/
(Sam Peckimpah)/ Trallazo de la muerte./ El que me devolvió/
A los orígenes/ (Ojos también la nada)/ De mi indolente
páncreas/ Agónico". Transvase de la agonía
física al llano espiritual: conciencia de una muerte concreta,
dependencia de esa muerte al margen de cualquier otra posible; cultivo
de esa muerte; amor, odio y ética de esa muerte; sujección
involuntaria a esa muerte... Agonía del acontecer, del tiempo,
del suceso diario que, oscuramente, con la lucidez de la propia
muerte puesta desarrolla un propósito de vida poético
desmesurado, simultáneo, liberador, conceptual y espiritual,
como es un hecho toda poesía. De una muerte cierta una poesía
del vértigo tranquilo y lejano, pero profundo y sombrío,
acaso desconcertante en la intensidad de sus tonos de amor, sarcástico
con todos y con todo, y con el autor mismo por supuesto; una poesía
cínica e incauta en su ingenuidad; una poesía que
va de la (avara) presencia al estallido. Averosímil destino
el de Paco, que supo cumplir como un hombre de la poesía,
hasta el límite de la vida aullante que llamamos muerte.
"La Amanecida/ Cuando el agua comienza de su volumen abisal/
A destruir/ Corazón de la marea/ Un remoto sentimiento de
impotencia/ Anega devorándonos: trepanación/ De un
universo alimentándose/ De alevosos homicidios en cadena/
-A medida que el agua te cubre poco a poco-/ Inoculan,/ Cuando todo
es silencioso y siniestro,/ la siembra del amor,/ Desde la cósmica
inmensidad que nos arroja". "Sólo un vasito de
agua/ Cuando te querían poseer el sentimiento/ (El escondido)/
En medio de la cópula/ (Gato ella/ O perra la costumbre)".
Acababan de sacar dos lagartijas de las orejas del tembloroso delincuente:
el que voló misántropo su pascua a pesar de tu vómito,
y esa miseria posiblemente sea una vaca, un cerdo, y hasta se nos
hubiera podido escarnecer sin delito, incluso se nos hubiera podido
ahorcar, o agarrotar, o fusilar sin ninguna malquerencia, sin odio,
sólo por capricho, un capricho ancestral como un vahído.
La noción de la indolencia es fruto de un cruce semántico,
también: proviene de índole (en el sentido de ser,
que en Paco reduce la circunstancia óntica, y así
la amplía, a ser poeta); de dolor (que al ayuntarse con la
primera da a luz los verbos gemelos indoler e indolecer; el primero
extensible a la doble índole del dolor en términos
físicos y espirituales, y el segundo expresión de
un estado de ánimo espiritual que participa ya de la indolencia
como categoría trágica creadora, y asienta noticia
matriz del poeta cuando sucumbe a su encanto y crea la poesía.
Indolecer; Indolencia: índole y dolencia). Saltan de este
modo a la luz de la Noche los Poemas del indolente (1978-1986),
de los cuales ya he adelantado una probadita de gloria. La indolencia
de Paco no es pues una desestimación del mundo y de la acción
ni mucho menos la huera despreocupación que desemboca en
parálisis sino un modo de ser poeta, una vindicación
del ocio creador y su ejercicio por obra. Este modo es desolado
y aparece enfrentado directamente (y a veces por la mera nominación
que se externa en rechazo) al poder en todas sus manifestaciones
y a la mierda en activo del mundo. La agonía como instrumento
le imprime su carácter trágico (correlativo al equivalente
físico exterior que el poeta soporta) a esta miradura poética
que, a partir de este libro y hasta el último (Octubre nunca
pasa, 1992) dará sostén a su apuesta creadora. "Porque
ella dormía con los ojos abiertos/ Y soñaba con los
ojos abiertos,/ Y no acababa la desazón del pánico/
Y su bestia prolífica. Debías haberme llamado para
joder/ Aunque de aquello saliera, también,/ La desinteresada,
haciéndote el amor vacío de tu muerte,/ Aquella noche
verde de la nube, embebido/ Al agujero matutino, después:/
Que no debe el amor,/ Que se nos moja,/ Que nos empapa enorme,/
Que altivos, congruentes, vosotros/ teneis pánico, vosotros/
Vivís pánico/ Porque no teneis materia suficiente
que pese más que el tiempo". Esta es la penuria del
asceta que come para defecar resurrecciones (el ser poético
de Paco es propenso a ser ascético), es como el pasado un
cubo de cenizas. La ascesis que sustenta es solitaria en la creación
y estricta en su vuelo de espíritu, pero no es mística
ni supone rémora católica ni vocación de claustro.
Es más: la encendida espada cantante troza de canto contracatólica
el aguayón aguañoso de esa res pública: "Y
lúdicamente/ Te indoleces y prestas al recuento/ Y los demás
te adoran donde el hueco hace/ Vientre del orín y donde el
sacro espera/ Otra artrosis y cantas:/ Me agriaron escoliótico
y fingido,/ Bésame,/ Babéame y romperé el silencio
y seré/ Desde todas las noches aquel,/ El que mesuraba la
paciencia y el miedo y que dijera:/ No me soporto más allá
e indefinidamente/ Hasta toda la eternidad católica del alma/
Y del prepucio". Esta poesía oficia ahora el ritual
escatolúdico en verbo de vida y muerte, sacude el panal jediondo
donde se embijan zánganos y reinas y obreras: A la fiesta
opípara de toda vuestra mierda: aquella presencia a la sombra
del eucalipto son crepuscular huraño y colérico, abriéndose
de costal a costal, empedernido centinela de niebla, acurrucado
y tembloroso para el pánico y el terror de todos defe/Cándose,
empecinados a ti: El honor, la nobleza y el orgullo a la huida de
alondra, madrugada; a la caza de alondra, madrugada, y despierta
por el frío, el miedo, acusándonos más tercamente
aún (que hubiera estado dispuesto a dispararme). La muerte
de la vida tan próxima (aunque llevara un ramillete de violetas).
La muerte de la mierda tan próxima (recién arrancadas
de toda vuestra tumba). La sangre de la vida que os espanta. Un
ramillete de violetas recién arrancadas de vuestra tumba
perfuma la forma de no ser sino un ocio. En los huesos de la tierra
han dejado tu ser. Todos los sentimientos abiertos de la carne:
mismo ser de otro ser sin agua provocandóos, elementos de
vida en los lindes de la muerte que dan entorno a la soledad: incendio
de desnudos. Allí, odio es lo que barrena al cisne. Evidentemente,
otra es la música que se puede amedir, denombrar si estamos
ebrios. De Anima Vilis (1988; publicado en México en 1992)
es un alegato conceptual lírico contracristiano en dos tiempos
sucesivos: el del desembarace por enfrentamiento directo del lastre
del cristianismo, y el de la expresión abierta de un espíritu
libre, antecedente por tanto de Pátalo como libro publicado
aunque éste sea de 1984, porque permanece inédito
hasta esta edición. Esto vale para el lector, por supuesto,
no para el autor y un reducido monte chapeado por sus amigos y demás
prójimos con acceso. Estas paradojas aparentes están
en la estructura del caos de De la presencia al estallido. Poemas
del indolente, Pátalo y De Anima Vilis de algún modo
son simultáneos, sin duda contemporáneos e hijos de
un mismo semen creador tiempal. Los dos tiempos del poema responden
a dos plásticas distintas: la primera se expresa con la imagen
de quien cuelga de la soga, incómoda postura por lo menos
para la prédica, y hasta donde lanza (en el desierto del
espíritu que se sacude), desde donde desgarra, ubérrimo
su grito libertario; la segunda construye un paisaje espiritual
móvil en cuyos espacios, asistido por las "almas"
de sus amigos, la del poeta se dirige a sí misma y al espantajo
enquistado (todavía) en ella: el guiñapo cruento y
pío impuesto en la conciencia de la infancia. Ambas plásticas
son únicas, mas ubicuas. Habría sido una pantomima
si no hubiera, de aquellos que asistimos abiértonos el ánima.
El cristianismo es inhumano por exigencia y castrante por imposición,
y en todo caso inmovilizante en su condición rígida
conductual dogmática. Las nociones de culpa y de pecado,
extrañas a la libertad del espíritu humano (viejas
grandes culturas como la maya o la azteca no tuvieron primero que
metérselas y luego que expulsarlas para poder crecer en libertad
de espíritu y por eso de creación) y enemigas; el
juego de enanos (que) oferta y demanda premios y castigos; la caridad,
la esperanza y la fe... pastan por una ética equívoca,
interesada. ¿El tráfico del más allá
ofrenda corazones humanos al Padre Sol? La culpa y el pecado originales
chocan con la inocencia original de la libertad. La universalidad
incuestionable de la intolerancia. No prohibirás a la mujer
de tu prójimo. Y el arrepentimiento "(¡Que era
así, desgraciados!/ Que padecereis ignominia, sodomía,
justicia y castigo/ Públicos e ímprobos/ Y todo se
andará o se avendría con su Verbo elocuente contra
todos,/ Porque está contra mí el que no quisiera estar
conmigo)". "¡Que os arrepintierais! Porque vendrá
el día". El arrepentimiento, a pagar con la cartera
vencida. Gloso y esta vez advierto por la primera cuarteadura plástica:
Esas fechas indecisas que van de boca en boca envenenándonos
el ánima, que de tan vagas e inconclusas y al mismo tiempo
tan terribles, se te estremece el corazón al conjurarlas
y las quisieras apartar, pero son tinieblas que te espantan por
el puro miedo de estar pendiente, pendiendo de su soga, dependiente
del qué piensa de ti; desde su soga, sometido a los latidos
de su sangre; desde su soga, obediente de sus consejas (que te dejarán
huérfano, sin herencia seminal); que no podrás asistir
ni a tu muerte propia, porque ya no eres tú sino de El, desde
su soga). Y desde esa soga cruel e intolerante te impondrán
el contubernio de ser tú -o desde él y de ellos- y
lo decretarán y lo escribirán Ley. Y al ramalazo de
tu grito te habrán roto la boca. Y así por este calvario
licencioso, la recompensa eterna ayudará con tu equipaje
y se hará ardua, y te pesará como una rueda inmensa
sobre tu espalda efímera. Y cuando se pende o se ha pendido
desde su soga, el sujeto víctima se deslinda y despoja, y
lo que es prenda de alegato lírico propiamente es lo que
sigue y acosa rémora a rémora, y con lenguaje de imagen
subrepticia airado: no en voluntad: porque "la voluntad es
una ley de que se sirven para doblegarnos, y tú ya has sido
afanosamente voluntario"; no en consentimiento: porque "consentir
es esa vaga paciencia impuesta que te oponen a morir, y tú
ya eras consentido por indolente"; no por miedo: porque el
miedo es esa inseguridad verde que resbala violeta por tu cuerpo
indeciso, y tú ya eras miedoso desde que ese fantasma te
buscara en insomnio espeso y envolvente y lloraras casi todas las
noches del mundo; no humillado: porque esperas consejo de un humilde
"que te humilla por esa misma delectación que es el
humillar al humilde hasta que ya no puede más y desaparece",
y "tú ya eras humilde y voluntario y consentido por
indolente"; no por caridad: porque esa obligación ajena
de pedir "se ha convertido en su vergüenza propia de robar";
no por mérito: porque ¿quién merece algo, de
alguna cosa o de alguien? O ¿quién no merece algo,
de alguna cosa o de alguien. ¿Qué idolatría
tan asquerosa es esa de haber o consentir merecimiento o no (que
con la negación del merecer también es asqueroso el
poder serlo); ni mucho menos arrogante: porque ese arribismo tan
sutil y deferente "nos empaña la boca y aún los
ojos de tanto repetir el soliloquio: Yo soy yo y soy un único
e intransferible, y mi propia muerte, y mi propia vida". Los
espacios astutos del paisaje de espíritu son diversos en
el poema y pueden ser íntimos y abstractos pese a la presencia
real de los lugares que se nombran, y paisajes de puro espíritu,
absortos en la pureza. 1): Y recalcitrante que era que ni siquiera
tuvo valor de enfrentarse a las civilas que de pasada se le quedaban
mirándole la entrepierna por si volvía a las andadas.
Y eso que estuvimos no ya dos sino tres: uno en Calonge, otro en
Calella, otro en Barcelona avisándole que de cuajo arrancaríanle
las turmas por si acaso se le ocurriera pavonear su sensibilidad
primigenia, la más insólita, y no quejó tampoco
de sangría. 2): Y taciturno paseábase desde lo de
arriba a lo de abajo aún sin ni siquiera notar las cinco
presencias, insaciables cinco ánimas ayunas que impedíamos
nos lo arrebataran, por si acaso se escapaba buscando una otra sexta
que llegó agorera desde Baires, y él anduvo cecijunto
e insolente, tanto que no quiso gritar cuando sus cuencas aún
hilaban un hilillo de sangre y nuestro escrúpulo. Y, 3) Y
por si fuera preciso atarlo otra vez a la placenta, vino la quinta
ánima desde Acayucan, y a la vez, así pues, que a
la primera yo sí estuve y el otro y el otro, más el
de Ligure, y fuimos cinco después; así estuvimos en
enredadera voraz platicándole las cuarenta al mancebo de
nuestras ánimas, hasta desternillarle de un boquete la sien,
recién perforado el lóbulo interior de su memoria.
Una encerrona a muerte de amigotes y compinches poetas con el mancebo
de nuestras ánimas y la cabeza titular del cristianismo en
el cuchitril implacable y desolado y desierto de la conciencia,
es y da el clima en la sombra. La vida ensoberbebe humildad y orgullo,
gallos puque, chorreante de sangre y muertos y hecatombes y amores
a la segunda caída de Dios Hijo, a la primera de Dios ante
la avara potencia. El cristianismo es históricamente la crónica
hipócrita criminal de un atentado fracasado, la apología
de un fracaso en términos filosáficos, y a modo de
teatrino de la crueldad un baño de sangre y miedo a galope
de siglos de jamelgos de oro tirados por travestis del ropón
ritual. Al advenimiento de La Matancera, la poesía es la
verdad que existe, porque es materia y es sueño la belleza.
La verdad y la belleza. La poesía infinita en la multitud
de la especie finita y sucesiva. Octubre nunca pasa (Anotaciones,
Clínico, Poemas) es poesía (misteriosamente retoma
algunos poemas anteriores que Paco transcribe indolente sin modificar
más que el contexto, lo que les hace cobrar nuevo significado
o vida nueva, y que el lector de poesía reconocerá
cambiados por la circunstancia al tropezarlos) desde el umbral conciente
de la muerte: su nombre lo indica; eludo la metáfora de la
anecdótica. Esta homicida, resentida sombra de logreros que
especulan sobre la escasez y la miseria: La rata. Ha visto al dios
de las ratas. Anhelante hocico, ojos, cerdas, negros, rabo, rata
succionaba hocico el niño muerto a dentelladas, anhelante,
ojos, cerdas, negros, rabo, rata, en presencia de la puta madre.
La enfermedad poco a poco terminal como en suspenso, y la mente
y la imaginación en delirium tremens de la borrachera de
la muerte. O en el alucine. Y en la fiebre siempre. La división
en "Anotaciones", "Clínico" "Poemas"
no es jerárquica pero baja de la jerarquía de la alta
gloria pues comparte de un mismo envío de impulso creador,
y es útil para agilizar y amenizar la densidad del sobretono
moridor del conjunto poético, como la noción de exogamia
me sirve ahora para dar registro de una presencia permanente en
la obra de Paco: el erotismo, que en él va de la celebración
de la presencia a la necrofilia o el estallido de la imagen: "Cuando
se oye la zumbalera, sonido que zumba al pasar el aire por el interior
hueco de un hueso humano, entonces los machos se lanzan en busca
de hembra para depositarse. Y ellas, también, oída
la zumbalera, corren abiertas al encuentro del nuevo semen inaudito,
extranjero y fantástico". No es de la intención
de este prólogo autónomo a las mancas que lo escriben,
hablar del erotismo en esta obra, pero da de él rápido
registro, y a las puertas de la muerte. Esta folla en la Tierra
ha hecho posible la Humanidad. Leído de un libro sagrado.
Se ha dicho algo en torno a una supuesta alineación en el
plantel titular de Vallejo, con quien comparte muchas cosas, pero
a cuya experiencia espiritual no es afín. Diré que
Vallejo es poeta del dolor y Paco es poeta trágico, y con
esa sustancia de espíritu me callo de esto. Hay rasgos de
estilo y como tales merecen breves individuaciones: la ironía,
al acecho en esta poesía. El sarcasmo y la rabia. El metafiling
del miedo. La proclividad hilarante de súbito en la tragedia.
Los peculiares abalorios del juego de palabras. Pero aquí
estoy hablando en términos generales: esto es un seguimiento
a la evolución de la humanidad lírica de la obra ya
completa de Paco Seguí. Y en el caso de Octubre nunca pasa
la tragedia cobra caracteres de conciencia. Conciencia y lucidez
que son relámpagos entre los desgarrones del delirio, la
poesía pisando la raya de la locura, el placer sombrío
de lo macabro, raras reminiscencias de Goya, La Elegancia Esperpentácula
de Valle Inclán. Aquí está vivo el horror que
pintara Revueltas en su visita al leprosario de Guadalajara en México:
en este hombre como en aquellos de que se habla hay conciencia de
la enfermedad. Aún cuando de entrada lo niega, Paco Seguí
tenía conciencia de la enfermedad como tenía conciencia
de la muerte: No estaba preparado para la muerte. Es un sentimiento,
primero. Después un pensamiento. El sentimiento es un caballo,
o una yegua joven que cocea, intermitente. Se abre como el ala de
una enorme águila, se abre como el muslo de la yegua al ser
penetrado, se encoge y repliega como los estambres al atardecer.
Es una volatería pertinaz, y una jauría a las que
han disparado una sarta de fantasmas de plomo. Hasta voces tiene.
Pero no se oyen, no se inhala el aleteo que provoca, ni el rugir,
al pensamiento.// Teeto habla del conocimiento y Platón pone
en boca de Sócrates qué es el conocimiento. El de
la muerte. ¿Sócrates estuvo preparado para morir?:
fue conciente de ese conocimiento. Bartra: ese desfiladero de que
se nace predispuesto a la muerte, no. Retóricas del consenso
vitalista del sentimiento. Tú tomas conciencia del conocimiento
muerte; irracional del pensamiento muerte. Germán Gaudisa
pudo vislumbrar la llegada de la muerte cuando me llamó antes
de morir, porque estaba siempre en vísperas. Mas no obtuvo
la lucidez por el reflejo sentimental -todo él era sentimiento-
de ese tiempo que se le acercaba, ni visceral sentido con pelos
y señales de identificación moral. No. Germán
Gaudisa se anticipó a su muerte hablándole desde el
pensamiento, desde ese compromiso de él con la palabra, con
la bocanada de la vida en plena efervescencia. No espantas a la
muerte con sarcasmos, pero tampoco nos espanta. Esta sabiduría
es conciencia plena de la muerte, y esta escritura es hija de esa
conciencia y de su delirio tremendo. Yo, que escribo por obsesiones,
por nebulosas pintarrajeadas, acalorado. Masa de jugo gelatinoso,
sanguinolento mas locuaz. El estampido, la tos, la flatulencia,
música rota y rata de corrido, canto agorero, sonámbulo,
balbuciente. El abuelo Luiso: Eres de perra, niño. Y machacó
hasta cinco cabezas gato: Los mato porque no puedo darles de comer.
El dios Marte de Marta. Que me preguntó qué era el
hambre, la destrucción del hambre. La guerra marta, tan ella,
tan pálida, tan sus ojos de miel. Las muestras de la presencia
del amor como esta última paterna son escasas pero indican
un valor desde o frente a la muerte: el amor es último acicate.
La luz, el entorno de luz, blanca. El almidón, la suave sábana
para cubrir, oh amor, tu cuerpo desnudo. El amor y su crítica:
Es la hipócrita sensatez que nos ama. Morir en la poesía
es un propósito de vida y alcanzarlo es gloriar un destino.
Los flashes patálicos que como por sorpresa lo abordan (¿qué
hacen los muertos en la muerte que es y no es racimo?), retrotraen
a su enfrentamiento con la cabecera municipal de La Cristiada, en
rangos de los de sobra y menosprecio a los de finiquitar. "Entonces,
ella arropó ausente la voz del victimario, arropó
la serpiente y le abrió los ojos desde la oscuridad de Pátalo-Tiresias,
a pesar del peligro. Y desde la comisura de la ventana oscilaron
reconociéndose. Y ambos yacieron sobre la loma del mundo,
bajo el cedro, sobre todas las noches. Ite misa est". La fundición
de ambos mitos (aunque Pátalo tiene más de icono que
de mito) al finir el rito crístico da muerte católica
a dos individualidades separadas por los pueblos y el tiempo, que
ahoran son ya Uno: uno, un solo oráculo atrás mano,
monosexual en lo sexual y bíceps, y en lo ético negación
de un destino solitario por afirmación de otro mutuo pero
mortal. El sacerdote agorero simbólico poeta de los dioses,
y el Hijo virtual de Dios. Metáfora irrecurrente, impersonal,
fuera del circuito resurreccional. Las resurrecciones no se alcanzan
por mutuo consentimiento. Sólo por inmovilidad pueden desprender
los oráculos en Uno, y sus viejos yo yacen cadáveres
bajo el césped y las rosas de la luna de octubre. Octubre
es el mes más cruel. 46 de octubre. Octubre nunca pasa. Mas
la agonía de un ciclo tiene su corona en Pátalo. Pátalo
es prodigiosamente una novela de poeta. Corona acrónica el
ciclo poético De la presencia al estallido, es única
del autor en un género distinto a la lírica y tiene
su contracanto, sobre todo, en los versos por pie de ritmo quebrado
agilísimos de Prohibido amar las cucarachas (que pudiendo
ser su consecuencia extrañamente y por mucho le preceden)
y su antecedente publicado en De Anima Vilis. En el conjunto de
este ciclo el autor descontruye para aniquilar una fe: la cristiana
por la base en su vertiente católica, pero en Pátalo
acomete una biografía laica, al mismo tiempo mágica,
esotérica y satírica de Cristo, para quien por supuesto
no hay piedad. Se trata de un grito desesperanzado y casi nihilista
desde las gargantas oscuras de la inocencia, y la confirmación
de que la ética cristiana no soporta la menor confrontación
con la realidad. Fuera de este sacudimiento de encima de un mito
que suplanta en el alma de un pueblo la asunción del misterio
en el logismo que se conoce como religiosidad (y que corresponde
a la conciencia del cosmos, y desde luego a la de la especie frente
a su destino), la novela ejerce la libertad absoluta del lenguaje
(esplendor por el cual Pound viera en Joyce al abigarrado escritor
de lo estricto) y despliega a punta de imagen una galería
de personajes cuyo crédito cobra de su propia estirpe: tales
Hepafrodito, Paulino o Empecinado -símbolos de liturgia rancia
o, en el último caso botón de lúgubres vindicaciones
populares. La alegoría de la segunda parte del poema perdido
de Filipo Miamor (que por homenaje insepulto hace radicar en la
memoria de Villon), opone al ecumenismo presunto del credo católico
la universalidad real de la poesía: a la creencia que acosa
y derriba, la creación como pasto del amor y la muerte. Apuntalada
por la más sarcástica crítica contemporánea
de la llamada "transición a la democracia" que
se haya escrito, Pátalo es por mérito propio la novela
de la liberación espiritual de la España de fin de
milenio.