La una y dos colgando:
Bañuelos, Adame, Illescas Orlando Guillén
I
Se ha cumplido un sexenio desde que con el título hoy a esta
nota epónimo di a conocer este panfleto pan de flato. A la
anécdota que sigue le dio el aire: no tenía dineros
para regresar a Barcelona y decidí participar en un concurso
de poesía dotado con una talega para el caso suficiente.
La Una y Dos Colgando fueron jurados de este premio. La manera que
encontraron de no dármelo fue recomendar mi libro para su
publicación. Demandé a la institución convocante
por cuanto a la luz del día había ofrecido un jurado
integrado por poetas y en la noche oscura lo integró por
charlatanes y medianías fársicas. Incluso a riesgo
de incurrir en la obviedad, demostré con largueza y contundencia
la miseria intelectual del jurado. Y por otros medios entre los
cuales la beca de Angulo prestigiárame volví al puerto
y aeropuerto donde me reclamaban mi novia y mi hijo entre la humazón
y la zarza ardiendo.
La demanda no prosperó porque en México la justicia
no hace caudal al mérito más que la caja. Y como en
tanto tiempo perdido las cosas no han cambiado, estas líneas
no llevan el propósito de actualizarla sino el que ya se
verá con paciencia y salivita.
En mi ausencia los mariachis callaron. Bañuelos no. A Bañuelos
se le ocurrió justificarse diciendo que a él no le
bastaba con la influencia de un poeta: él “quería
ser” Milosz. Ni más ni menos mal que no “quiso
ser” William Shakespeare. El subrayado es suyo, y de él
yo paso. Y como es de averiguada sabandija subconciente que el ladrón
cogido en flagrancia da por policía al inopinado Testigo,
Bañuelos no hace la excepción y así me tilda.
Mas ya vino el que andaba ausente, y entonces pues saltan al alba
estos párrafos para topar ese agravio.
En todo escriben muy vicioso –apuntala entrando con calzador
histórico Bernal Díaz del Castillo hasta el quinto
patio de la página.
¿Y para qué yo meto tanto la pluma en contar cada
cosa por sí, que es gastar papel y tinta?
Tal inocula la pregunta y dispónese a largarse con buen viento
el soldado de plomo y de ballesta, al modo que la sombra suele:
a contraluz y arrastrando las de andar.
Mas rezagándose el fantasma bernaldino provee la respuesta
y de paso vindica la intención de este opusculero: porque
la verdadera policía y agraciado componer es decir verdad
en lo que he escrito.
Y como muestra reproduciré íntegro el apartado que
del flatulento pan primigenio Bañuelos mereciera.
Y aprovechando el viaje repondré una omisión (atribuible
a las duendejadas del duendejo célebre de la errata) que
ponía a Illescas a resguardo de una bien ganada burla.
Y entre veras y burlas asimismo omitiré todo lo que es paja
ya de aquel libelo, incluido Adame –de quien no hay nada más
que decir y puede vérsele con la bolsa del mercado en la
mano mercando, precisamente mercando en reputado zoco de valores
culterarios.
Por todo lo expuesto: remito a la edición original de La
Una y Dos Colgando (ediciones Le Prosa, colección
Armaño, México, 1984); y más pues que la presente
nota dibuja los perfiles de una improbable edición definitiva.
Y ahora con permiso: voy al bañuelos.
II
Si la fama pública fuera criterio suficiente para validar
el prestigio y la condición de poeta de alguien, Juan Bañuelos
sería un poeta prestigiado. Yo voy a demostrar aquí
que amasó esa fortuna arbitraria con el oro poético
de los demás. Inminencia y eminencia: voy a demostrar entonces
que el de este ciudadano es un falso prestigio.
La historia de Bañuelos es una larga historia de infamias.
Su primer libro, Puertas del mundo (volumen colectivo La
espiga amotinada, Fondo de Cultura Económica, México,
1960) se alza poético como resultado del saqueo y la usura
sistemáticos contra el poeta lituano Oscar Wladislas de Lubicz
Milosz (1877-1939). En 1959 había aparecido como pan fresco
en Buenos Aires, Argentina, en la colección Los Poetas (dirigida
por Aldo Pellegrini) de la Compañía General Fabril
Editora, la Antología poética de
Milosz, en versión de Lysandro Z. D. Galtier, miembro fundador
de la Association Les Amis de Milosz. Las citas de página
corresponderán para Bañuelos a la primera edición;
para Milosz a la segunda (1961).
Bañuelos, p. 42: Y me hallé solo en la mansión que tú no
conociste,
allá en el fondo de los parques y de los espesos bosques
donde las aves segadas por la aurora
cantaban quedamente el amor de los muertos más antiguos
sobre el rocío gris de la mañana.
Milosz, p. 70: Y yo estaba solo en la mansión que tú no conociste,
la mansión de la infancia, la muda, la sombría mansión,
allá en el fondo de los espesos parques
donde el pájaro transido del amanecer quedamente cantaba
por el amor de los muertos muy antiguos,
sobre el rocío oscuro.
Bañuelos, p. 54: ¡Oh hambre de eternidad!
Milosz, p. 44: ¡Oh lágrimas! ¡Oh hambre de eternidad!
¡Oh júbilo!
Bañuelos, p. 55: yo no sé si noviembre sepulta el paisaje
Claro que no. Quien lo sabía era Milosz (p. 19):
Noviembre sepulta el paisaje. Y mi vida.
Y sepulta también a los saqueadores de tumbas. Un último
ejemplo:
Bañuelos, p. 56: La rueda del pavor giró dentro de mí, la locura
sopló las velas del conocimiento y en el último escalón,
sudor de muro destiló mi frente. Ahora vago sobre un planeta
que ya no reconozco.
Milosz, pgs. 115, 116, 117: Acabo de describir la ascensión hacia el conocimiento
(…)
¡Ascender primero –sacrílegamente- hasta la más
demente de las afirmaciones!
Y luego descender de escalón en escalón (…)
Llevé sobre mi pecho el peso de la noche;
mi frente destiló un sudor de muro.
Giré en torno de la rueda del pavor de los que parten y regresan.
Tú me has hecho nacer en un mundo que ya no te reconoce:
sobre un planeta de hierro y de arcilla,
desnudo y frío.
Pero el asesino vuelve invariable al lugar del crimen. Bañuelos
cobró en 1968 el Premio Nacional de Poesía de Aguascalientes
con Espejo humeante (editorial Joaquín Mortiz, ese
mismo año). Apretado entre los muertos que este libro despoja,
Milosz se ve ahí también convocado. Ilustre e ilustrativo
sea este ejemplo (p. 27): Allá en el fondo de los espesos bosques.
En 1968 igualmente, Bañuelos publicó (suplemento de
la revista Siempre!, 13 de noviembre) No consta en
actas (pero ahora sí va a constar), texto que desvergonzadamente
comienza así: Oh bebedor de la noche, ¿por qué te disfrazas
ahora?
Verso que, salvo ciegos, cualquier alfabeto con el hipérbaton
en la mano puede leer literalmente en el Canto de nuestro señor
el desollado bebedor de la noche (Xippe Totec Yohuallahuana)
del volumen Poesía indígena, vertida, seleccionada
e introducida por Angel María Garibay –publicado por
la Biblioteca del Estudiante Universitario, UNAM (p.15 de la tercera
edición, 1962). De ahí y a mayor abundamiento lo tomo
para reproducir: Oh bebedor de la noche, ¿por qué ahora te
disfrazas?
Pero el muerto también es recurrente al lugar del crimen,
convidado de polvo a su propio ultraje. El último libro publicado
por Bañuelos es Destino arbitrario (título
que a pesar de su fácil obviedad pleonástica sustrae
al francés Robert Desnos –si bien lo consigna epigráficamente
en algún interior), ediciones Papeles Privados, México,
1982. Véase:
Bañuelos, p. 20: Y he visto el ojo de la mujer estéril buscando con furor
Milosz, p. 119: Yo he buscado como la mujer estéril, con angustia,
con furor
Bañuelos, p. 24: No es el azar, tampoco el tiempo
reunido como las vísceras bajo la mano del carnicero.
No es el azar, en efecto; tampoco el tiempo: es Milosz (p. 126):
Todo, todo en mí era desgarramiento. Como las entrañas
bruscamente reunidas bajo la mano del carnicero, todo
en mí era desgarramiento.
En efecto, digo, pero Milosz se defiende solo: 1) Los vocablos
del lenguaje de los Aaronitas son profanados por los niños
mentirosos y los poetas ignorantes (p. 114); 2) Los otros,
los ladrones de dolor y de dicha, de ciencia y de dolor, nada comprenderán
de estas cosas (p. 126); 3) ¿Qué saben de
mí estos castrados? Caro les hago pagar el goce de mi perfume.
El Testigo paseaba por el lugar del crimen. Bañuelos se
abría de puertas al mundo bajo el siguiente epígrafe
de Hôlderlin (p. 21): ¿Qué sería el cielo y qué sería
el mar
Y que serían las islas y los astros y todo lo que se halla
Ante los ojos de los hombres, y qué sería también
Esta música muerta de la lira, si yo no le diese el sonido
Y el lenguaje y el alma? ¿Qué son
Los dioses y su espíritu si yo
No los proclamo? Pues bien: decidme: ¿quién soy yo? En Destino arbitrario (pgs. 14, 15) prefirió
darlo por suyo: qué sería esa música
muerta del espacio
si no la tañe el tiempo?
pero qué agua
pues bien
que alguien me diga
quién soy yo? Quién es este tipo ya está dicho. Pero nunca
está de más proclamarlo, y más pidiéndolo
el que por la boca muere: un ladrón, un cazador agazapado
e hipócrita de los cantos ajenos.
Y para terminar y que se cague solo (Espejo humeante, p.
33): ¡Ah, peste! En la quijada de un perro atropellado
escribo: ¡Basta!
III
El guatemalteco Carlos Illescas llegó a México en
1944. Hasta 1954 fue diplomático. A partir de ese año,
el de la caída del gobierno democrático de Jacobo
Arbenz, persiste entre nosotros en calidad de asilado político
–tal informa, sin el menor asomo de xenofobia, la contratapa
de su libro Manual de simios y otros poemas, colección
Poemas y Ensayos, UNAM, 1977.
Aunque ha publicado seis y un libro de poemas es más conocido
por sus actividades en la burocracia académica, la radiodifusión
y el hacer televisivo que por aquellos. Nada más a su medida:
pretencioso, culterano, humorista involuntario, arcaico, arcaizante,
su lenguaje por rebuscado es oscuro y retorcido. A la flor del azar
arranco para muestra los pétalos que siguen: Pretencioso: Primero el silencio, en orden de importancia.
Es el estratego: General de generales omisos.
Después las cosas en su primer génesis despertándose
apenas, mediante el solo ojo anticipado
al tacto del guiño hacia perentorio cíclope. (Manual de simios, p. 20) Culterano: Viento es Rafael, inclinado montículo,
color de arena removida en cierne,
sus funiculares cargados de tiempo,
la premonición, brevedad de una alegría,
su risa cristalina, instante en el ámbito
y detenido el barco de lo previsible.
El niño crece en niño, aún sus ojos
trepidan imágenes obtenidas del mar
a las cuatro de la tarde: declinante hora
y ascenso de gaviotas tan aplanchada albura. (MdeS, p. 61) Humorista involuntario y anchao: -Nalga mía, permite preguntarte:
¿por qué promueves en mis branquias
la escritural micción de andrajos
como éste, digno sólo del camastro
donde yazgan madrotas y asesinos? (Los Cuadernos de Marsias, nalgapromovidos p. 31) Arcaico y arcaizante:
Enterito este último libro (Trazo, 1973), remedo retórico,
esquelético y vacío del habla humeante marciálica.
También (¿qué pedos te gongorean/ que no te
dejan cagar?) el gongoreo guangogangoso del “Manual”.
En y a tono confesional de parte, y también que se abroche
solo: Por lo que arrastro de mí mismo
en cuanto illesquitud desorbitada,
la gente no me quiere.
Usted, Amor, es la primera.
¿Comprenderá la muchedumbre un día
cómo era Carlos diferente
a lo que todos se imaginan?
¿Descubrirán (¿será lo justo, amor?)
que en orden de maldad y peores mañas
nadie a la fecha le ha ganado?
Por lo demás,
Usted lo sabe,
soy un cumplido caballero. Remato con un texto que vale por toda esta ‘obra’:
Bostezo en seguimiento de instrumentos áfonos,
simulación de reprochables fanfarrias en sistros
y pífanos muertos sobre el polvillo momificado.