Tuve un sueño mientras el camión recorría
la distancia que separa San Jerónimo P’urhenchencuaro
de Erongarícuaro. El cansancio de los días y entrenamientos
anteriores, el regreso de Contepec en la zona de la mariposa monarca
con la risa divertida de los niños cuando jugamos a ser agua
de mar, lágrima, río, lluvia suave y mariposas de
alas recién nacidas, el polvo de los caminos, el desvelo
de la cabeza que no para de pensar necedades y sentir moradores
tan extraños como deseados, todo y tanto atrasado hizo su
efecto en la tranquilidad de única pasajera, el velo de la
tarde cayó pesado sobre mis párpados, comencé
a mirar hacia adentro con esa membrana delgada que cubre la realidad
y le da una hondura de sueño sin sueño, el lago se
metió completo a mi ombligo, mis senos crepitantes con el
murmullo se pusieron duros como las laderas que suben y son cerros
accesibles a la brisa que viene desde el pozo lleno de lago de mi
ombligo, los brazos derretidos se desvanecieron entre los surcos
de la tierra acompañados por el viento remolino de mi cabello
que cubría mi rostro de nubes sonrientes porque sentía
mis piernas dobladas cual gigantes montañas gemelas abiertas
dando a luz un pequeño y dorado venado mojado en humo violeta.
El camión se detuvo suavemente en la plaza de Erongarícuaro;
agarré mi mochila y bajé sin ver, sólo sintiendo
los escalones. Hasta que pisé la banqueta desapareció
el venadito de entre los surcos de mis amorosos brazos.