Venadito
Cardiela Amezcua

Tuve un sueño mientras el camión recorría la distancia que separa San Jerónimo P’urhenchencuaro de Erongarícuaro. El cansancio de los días y entrenamientos anteriores, el regreso de Contepec en la zona de la mariposa monarca con la risa divertida de los niños cuando jugamos a ser agua de mar, lágrima, río, lluvia suave y mariposas de alas recién nacidas, el polvo de los caminos, el desvelo de la cabeza que no para de pensar necedades y sentir moradores tan extraños como deseados, todo y tanto atrasado hizo su efecto en la tranquilidad de única pasajera, el velo de la tarde cayó pesado sobre mis párpados, comencé a mirar hacia adentro con esa membrana delgada que cubre la realidad y le da una hondura de sueño sin sueño, el lago se metió completo a mi ombligo, mis senos crepitantes con el murmullo se pusieron duros como las laderas que suben y son cerros accesibles a la brisa que viene desde el pozo lleno de lago de mi ombligo, los brazos derretidos se desvanecieron entre los surcos de la tierra acompañados por el viento remolino de mi cabello que cubría mi rostro de nubes sonrientes porque sentía mis piernas dobladas cual gigantes montañas gemelas abiertas dando a luz un pequeño y dorado venado mojado en humo violeta. El camión se detuvo suavemente en la plaza de Erongarícuaro; agarré mi mochila y bajé sin ver, sólo sintiendo los escalones. Hasta que pisé la banqueta desapareció el venadito de entre los surcos de mis amorosos brazos.

 
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