Michel de Ghelderode
El sitio de Atenco


Palacio de Bruselas en el monte Frigio. Sala de los nobles. El gran escudo de armas está pintado en las paredes. Los sirvientes parados debajo de los escudos. Son las siete de la mañana, y no está lloviendo. Los números 1 y 2 conversan. No son mexicanos, son de Bélgica, pero son bien mexicanotes pahablar. Si no, a ver cómo la ven desde ahi.


1: Bueno, mujer, y para acabar pronto, ¿puedes decirme en qué te ofendieron los de Atenco? Preveo, y con mucha claridad, que tu rabia dejará caer un chicotazo más sobre sus cabezas, mi alteza de la seca crudeza.

2: Esa es la voluntad de Dios, mi archiduque maximiliano legítimo. Los ciudadanos mexicanos tienen su carácter, tú lo sabes bien. Pero ahora estas gentes de Atenco se han pasado de la raya, y ya hasta se atreven a lanzar trompetillas contra nuestra presidencial pareja… A los de Atenco los hundiré y ahogaré en mares y mares de aguardiente, junto con su dichoso ejido y con todo y sus machetes... Dios lo desea también así desde que yo así lo quiero…

1: Momento, que soy lento, señora infanta. Algo me huele a monje papamóvil en este lugar, en este momento, en alguna parte… de ti…

2: Será de ti... ¡Fúchila!

1: Sea, sea, mujer… De ti o de mí, qué más nos da... Pero yo creo que el único deseo de Dios es que el pequeño valle de Texcoco sea feliz. Todo lo que ellos quieren es jugar a los dardos, cazar pájaros con sus arcos, comer, beber, dormir…, cantar canciones cachondonas, acá, echar la güeva... Y para todo ello tienen todo el derecho. En lo que sí están rematadamente mal es en haberse burlado de nuestra… reputa…ción… Además, ten en cuenta que el peso está poderosamente débil, y sin ninguna recuperación a la vista.

2: Ah, sisisí. El pueblo azteca pagará por eso. Dejaré caer sobre ellos el bloqueo económico, la reforma fiscal. No sabrán ni qué fue lo que los chingoteó, mi galán de ganar la lana... En menos de lo que tú musitas un sentido padrenuestro y un audaz avemaría, ya tendré yo a los de Atenco tirados a la bebida…, al chupe…, mi antigua, archiducal blandenguez. Amén... Tú.

1: ¿Y yo por qué? Nunca mi presidencial persona dirá amén a eso. Te lo digo yo. Además, ¿quién es el que manda en palacio nacional?

2: Tú, cuando con la pluma de rancho San Cristóbal en la mano, firmas los decretos que yo te indico que deben decir “Así lo deseamos” o “Así lo mandamos”. De manera que toma este toro por los cuernos y firma con buena tinta… y ponle el sello.

1: ¿Le estás llamando ‘toro’ a este decreto?

2: Toro le llamo, y toro es lo que es.

1: Uyayayuy…(Al publiq.): Ella dice que su propio decreto idiotizador es un ‘torito’ de guanábana, pero yo prefiero un babadioso, o un buen curao de pitahaya… ¿Qué onda, señora mía? Resulta que estás ya tan briaga de tu propia importancia, que te llegas a creer que estás embotellada y protegida dentro de ti misma... ¡Vamos, México! ¡Por Dios, mujer! Lo que te pido es que si vas a vomitar me lo hagas saber antes; digo, para mandar a traer un tazón de cabeza de toro donde puedas echar las tripas, y no tengas que andar corriendo. (Al publiq.): ¡En la madretorre! Ha bebido tanta chela como para emborrachar a un pueblo!

2: ¿Con que esas tenemos? Entonces, ¡que Belcebú arregle tu carreta! Tocaré la campanilla de los monjes capuchinos toriaos... Vendrán…, y te rasurarán los aguacates verdes, y si hace falta, vendrán vestidos de payasos también los dominiques... Te meterán la picana por dentro, con toda su parafernalia: el sacacorchos, la jeringa de agua de muerto, y demás cristianos artefactos... ¡Preparaos, preparaos, mis queridos monjes guarros!

1: ¡No! ¡No! ¡Tened piedad, señora mía! Firmaremos, cobraremos caro a la gente de Atenco, y les cortaremos narices y pulgares. Se lo pensarán dos veces antes de llevarse los pulgares a las narices para lanzarte o lanzarme o lanzarnos trompetillas, mi infantilidad.

2: Que sea así, mi limpiabotas regio. Así me gustas. Y aprovechando la cosa, firmarás también esta acta magistral por la cual yo misma mando que se construyan doce nuevas iglesias, ya que andamos tan cortos de ellas. Una estará dedicada a nuestra señora de las nieves del Popocatépetl, otra a nuestra señora grabada en video… En fin, una más para nuestra señora de la santa muerte... ¿Qué? ¿Fintas, firmas o das color?

1: Firmaré, fintaré, firmaré y sellaré, mi muy beato amorcito. Y los monjes de gaveta abierta quedarán muy complacidos... Y en vista de que una vez más el fondo de las asustadas arcas me han visto rascarlas en exceso, alegremente y sin medida, y me han dicho: “tomad, señor, este bendito chile verde, que es todo lo que nos queda, para que os rasqueis vuestro sagrado trasero”… Y en vista de, y así puespués, tú sabrás pedirles a cambio que recuerden el bendito capítulo según el cual nos tienen que adelantar los benditos dólares, para poder imponer el bendito cerco sobre Atenco y el Anáhuac. ¡Bendita..., que diga..., maldita sea!

2: De acuerdo, y copirrai, mi indignidad... Pero no te sulfures, que azufre ya tendrás bastante en el infierno... Facultaremos al populacho para que llene los benditos cofres, y para eso llamaré al grangrán panzón Panseco de Hacienda... que organice un grangrán te-deum, con el grangrán imán chupaabstractor en una mano y la grangrán talega recipiente en la otra, mientras las gárgolas de todas las catedrales gargotean agua bendita y los monjes, barítonos y tenores, cantan: “¡Arrepentíos, pecadores! ¡Pagad vuestra entrada al paraíso”. Después de eso los empedamos, los chingamos, y amén.

1: Amén.

 

[Escena primera de El sitio de Ostende, de Michel de Ghelderode:
Versión y adaptación: Grupo de teatro Las Flores de Uxmal]