Orlando Guillén Ilusión, realidad y repetición en Tadeusz
Kantor
En curso el último año de este siglo, y a diez o
más (cito de memoria) de la muerte de Tadeusz Kantor, su
condición sigilosa de santón polaco del icono tanto
como de la imagen y asimismo de las tablas europeas, y aún
más su ocupación de escaso enterrador de cadáveres
que gozan de cabal salud mientras se pudren, no son hoy (igual que
cuando andaba en vivo) de mi incumbencia. Si no es que por nada,
muy poco me acerco a autores contemporáneos que nadie pone
siquiera en trapo escenográfico de duda: y Kantor fue eso
a morir, y ofrece a modo de res que fuera ave en canal su ser pintor.
Numeroso y solitario Kantor también sin embargo buscó
por el teatro el arte total (en retroperspectiva renacentista) y
entendió que lo que cuenta es la vida: "En teatro y
creo que en todo. Por eso mi obra ha tenido diferentes períodos.
En 1961 hacía un teatro informal. En 1963 lo que denominé
Teatro Cero. En 1967 estaba en pleno happening. En 1972
en lo que llamábamos Teatro Imposible. Desde 1978 en lo que
llamo Teatro de la Muerte. Porque por la noción de la muerte
entro en escena como bajo su advocación. Es la idea que sigo
desde Wielopole Wielopole hasta Que revienten los artistas,
y hasta Aquí no vuelo más". Ortógeneo
y heteronómico desfile de etiquetas de vida de un artista
tardío vanguardista ubicuo cuya asunción de la vanguardia
como fracaso hizo de la derrota maetrial de los sueños. Para
así entrarlas en el asunto las opiniones que siguen de Kantor
provienen, salvo en un par de casos a lo sumo, de una entrevista
arrancada por algún admirador, quien para el caso ni echa
sombra ni presencia ni deja de echarla: 1) Luego escribo sobre el
arte. Pero es sobre el arte que alcancé a hacer. Toda teoría
en cuestiones de teatro deviene modificada, como si se enfrentara
con la vida; 2) me he dedicado a trabajar la derrota del hombre
como temática. Aunque le llame a este período Teatro
de la Muerte, no estoy obsedido por la muerte. Quiero vivir burlándola;
3) Sufro creando. Creo que eso es obvio. En la raíz de la
fuerza creativa está el dolor, el sufrimiento, la desesperación.
Eso da la mayor fuerza al arte, pero también su joie
de vivre; 4) Hubo un tiempo en que los mayores logros de los
grandes poetas fueron sus odas a los muertos, y obras teatrales
que eran tétricos entierros. En esas antípodas surge
la irreverencia indispensable. Es el lindero donde de la desesperación
nace el sarcasmo, el contraste para superar ese abismo que atrae.
Es la esencia del circo, de lo circense. Es la burla frenética.
La mejor forma del teatro y su más pura expresión;
5) Yo estoy en el escenario como un niño de seis años
que sueña; 6) Cuando el hombre es muy infeliz nace en él
una fuerza terrible. Hay que cuidar la infelicidad porque es la
fuerza; y 7) yo autor, yo moribundo, yo cuando tenía seis
años. Y en otro sentido: "No son papeles escritos para
ellos. Siempre son sus propias vidas. Es como si en el personaje
vivo entrara el otro. Es el mito Dibuk, el mito judío, la
creencia popular del muerto que posee al vivo. Pero el vivo no desaparece:
es una simbiosis de persistencia". Hijos de parturienta que
muere entre las manos funéreas del comadrón Coraje,
los conceptos de ilusión, realidad y repetición cobran
tajada póstuma por la puesta de Wielopole Wielopole.
Tales conceptos preñan el espiritualismo como postulado.
Al menos para Kantor. Las líneas numerales que se condensan
arriba son índice de un vuelco en el absoluto por razones
de actitud y de conocimiento de un espíritu extremo en la
impresión y la expresión teatrales e imponen, en consecuencia
trágica, un seguimiento del jarabe loco kantoriano que a
los muertos resucita. Gloso las notas del autor a aquella puesta
en escena, y salen de la sepultura moviendo la cabecita: Durante
años me he dedicado a exaltar la realidad. Pero al final
del juego había siempre un reino sagrado; reino de lo absoluto,
de la verdad. Por eso rechacé el concepto de ilusión.
Ahora estoy en el polo opuesto. Lo esencial no es el rechazo sino
los motivos para ello. Sus detractores rechazaron la ilusión
por el realismo y el naturalismo. Yo la rechazo en nombre de la
realidad. Una convención intransigente ha negado por siglos
la realidad como factor del arte reduciéndola a ficción,
a reproducción. Esta realidad separada de la vida es el objeto
real que ha sustituido al artístico. Para el realismo, el
naturalismo y la ilusión, la vanguardia de los años
20 se oponía a la interpretación definida por el teatro.
Pero había un cierto número de interpretaciones entonces.
El fracaso de esta actitud en su momento radical y hoy caída
en la mediocridad, ha fortalecido mi fascinación por la realidad.
La realidad comienza a gravitar sobre mí con toda su materialidad.
Al profundizar en ella, pensé que la realidad no podía
existir aislada sin llevar por dentro su propia amenaza: la ilusión.
Y la metafísica de la ilusión: la repetición.
Como ritual: el atávico gesto del hombre que en el umbral
de la historia quiere darse a conocer. El riesgo humano: repetir
lo ya hecho por los dioses, abrirse a sus celos y a sus venganzas,
enfrentarse a la catástrofe sabiendo que no hay esperanza.
Ritual al otro lado de la vida, con el consentimiento de la muerte.
Este proceso de repetición es una protesta y un reto: es
el corazón del arte. La ilusión translada a una órbita
diferente, acaso poética, acaso situada en el tiempo absoluto.
Acaso la poesía sea signo de esa órbita. La transferencia
sigue un procedimiento que viene del mundo infantil. La repetición
más profunda es un eco: una realidad inmaterial: una conciencia
del paso de la muerte y del tiempo. Si pudiéramos comprimir
el tiempo tendríamos una repetición perfecta, infinita,
aterradora, inhumana. El tiempo solar no podría protegernos
de la simultaneidad de la eternidad, el vacío y la muerte.
La repetición mímica es un hábito de niños
y se juega por jugar. Es un arma contra la seriedad obtusa y peligrosa.
El niño defiende su vida, y el artista también. Por
la repetición la realidad pierde significado vital, la fuerza
práctica. Esta paradójica impotencia de lo real cobra
fuerza en el pensamiento, en la imaginación. El espiritualismo,
siempre sospechoso, es un concepto que me ayudó en momentos
difíciles. Evidentemente, todo ha comenzado a desmoronarse
en este mundo de la razón. La plenitud absurda atribuida
al intelecto sufre lagunas y es de consecuencias fatales en la vida
y en el arte. Asumir el espiritualismo como postulado fue una decisión
arriesgada: estaba ligado al Evangelio como modo único de
expresión. El mito del Evangelio (similar al Arte Puro),
ha nutrido nuestra cultura por milenios. Hoy ha sido relegado a
las afueras de la Santa Trinidad: la técnica, el consumo,
la política. Vivir en las afueras no me significa caída
ni humillación. En mi vocabulario privado existe la realidad
de bajo rango: el territorio clandestino del Arte entre los más
altos valores humanos. En la medida en que la poesía
es expresión y representación, y en la medida en que
es de la vida de donde proceden los elementos de la fantasía
que dan cuerpo al arte, la obra de Kantor se alza contra esa convención
intransigente de cuño aristotélico según la
cual la creación tiene que atenerse a su propio material,
y en este sentido imitar la realidad, reproducir de ella con sus
propios medios lo que es arquetipo o esencia. Sus estudios de vida
creadora a partir de este supuesto arbitrario pero históricamente
fascinante, y en su caso arraigado con la fuerza convicta de la
meditación, pasan por la asunción de la realidad como
materia quemante de trabajo, y por su vivisección. Surge
así la ilusión como amenaza, corrosiva en la médula
misma como carga de muerte y humanidad en el ser animal por la espalda
de la realidad. De aquí la importancia de la mímica,
de la repetición y de la imagen en la construcción
de una teoría particular de la tragedia que deviene en el
espiritualismo como postulado, y que no puede exponerse sino como
corona póstuma al acto creador. Corona de sombras, por sus
ribetes de luz religiosa. El tramo de vida artística kantoriano
cumple un ciclo de pasión y desengaño prácticos,
sumergido en las aguas de una escéptica de la esperanza:
las afueras: el rincón de las esperanzas secretas, la imaginación,
nuestra amenazada humanidad, nuestra identidad y, probablemente,
como quiere el autor, el único lugar donde podremos salvarnos.
Mas, ¿a quién puede importarle la salvación
personal o de la especie en este antro funesto y mezquino regido
por la Usura? Todo ha comenzado a desmoronarse en este mundo de
la razón.