VALLE INCLÁN: PODER, TIEMPO Y LENGUAJE Orlando Guillén
Ramón del Valle Inclán (1866-1936), cuyo porvenir
es por arriba y por abajo el de la especie, ha cumplido ya más
de 60 años de muerto y más de 130 de haber nacido.
Por arriba en la medida en que el amor es forma de poder y tañe
tiempo por instrumento. El amor y la muerte coyuntan aquí
por el peso del tiempo. Esto escribía Valle en 1916: "Desde
hace muchos años, día a día, en aquello que
me atañe yo trabajo cavando la cueva donde enterrar esta
hueca y pomposa prosa castiza, que ya no puede ser la nuestra, si
sentimos el imperio de la hora". Parecería un lingote
de vanidades de artista, mas ese imperio lo sentimos ahora mismo
por la prosa de todo lo viviente, más de 80 años después
y al trote de la víspera de otro siglo que se apresta funesto.
Por abajo por la forma, que es la presencia física de la
musa y sigue el ritmo semoviente de su propia música inmóvil
en el silencio espeso: en el tranco de un minuto a otro. Inclán
es como eco erizado de un cortinaje que se rasgara de espaldas al
caer dentro del agua, filtrado al espejo del oído: el chapaleo
como beso, y como adiós. Material de vida y sueño,
el recurso que maneja elementos coherentes de universo es arte de
acicate del espíritu, y espontáneo y natural. Si comparamos
al nuevo ruco Baroja su contemporáneo solamente desde esta
miradura, se percibirá el paso pausado y lento y sin traspié.
Lo inexorable, tanto en tiempos de ritmo como en ritmos de tiempo,
se presenta con reloj espiritual diverso en ambos no obstante a
búsqueda igual: combatir el ser permaneciendo, y el ser fatal.
El piso del tiempo marca en los dos el compás de la atmósfera,
y el color. Quien me lea que ilustre con el cuadro barojiano que
quiera lo anterior, porque siempre agarrará evidencia: un
cuajarón plástico, rítmico, dramático
y narrativo a tono con lo apuntado. Y de mientras, yo reconstruyo
en la memoria si no con presición sí con la zapadura
que comienza por los cimientos, las pesadas charlas de los anarquistas
españoles en algún café de Londres -donde el
humo y la niebla como ballena gris etérea están prójimos
a saltar con todo y la metáfora y la conspiración
onírica por los aires. La carga y la tensión debieran
darle el interés para que amarre cosa viva con cosa viva
y con el minuto que sigue a la historia. En Valle como entre masajetas
y masajeras la tensión precede al relajo, y asume en consecuencia
un juego de distensiones: el autor narra siempre desde el otro extremo
de lo narrado, de modo que por la ley del círculo forma parte
del horizonte vivo y vital del paisaje de espíritu como una
escena de cine en sueños. El texto adquiere una velocidad
tal que presagia el pasado al abolir el tiempo, y si no el misterio,
el milagro: las múltiples torceduras que son otras tantas
vías de la inteligencia del misterio. Pisoteo de lo ya vivido
que pugna por ser lo que será, y su sorpresa no es sino impacto
de porvenir simultáneo y devastador: "Las almas enamoradas
y enfermas son tal vez las que tejen los más hermosos sueños
de la ilusión. Yo nunca había visto a Concha ni tan
alegre ni tan feliz. Aquel renacimiento de nuestros amores fue como
una tarde otoñal de celajes dorados, amable y melancólica.
¡Tarde y celajes que yo pude contemplar desde los miradores
del Palacio, cuando Concha con romántica fatiga se apoyaba
en mi hombro! Por el campo verde y húmedo, bajo el sol que
moría, ondulaba el camino. Era luminoso y solitario. Concha
suspiró con la mirada perdida: -¡Por ese camino hemos
de irnos los dos! Y levantaba su mano pálida, señalando
a lo lejos los cipreses del cementerio". Pero esto es ya Sonata
de otoño, y muy entrados los personajes. En Inclán
los hay lacónicos o de circunstancia, y los hay que desarrollan
en su texto y en su contexto una verdadera personalidad: una máscara
y un carácter. Como puede menos que inferirse su teatro y
su relato se coaligan. Los elementos del sueño cuentan con
eficacia dramática: lo mismo narran que rematan. O sea: los
golpes de sueño se reproducen como enanos en grandes cuadros
enanos. Tal mutuo saqueo enriquecedor encuentra síntesis
y juntura en la cintura del diálogo. Don Juan y Las Mujeres
son los personajes de las Sonatas de resonancia
argumental vivaldiana de primavera, de estío, de otoño
y de invierno. Las Mujeres son un tanto fantasmagóricas o
alegóricas o ambas cosas al mismo tiempo, por cuanto la entidad
Las Mujeres es el otro lado del círculo en el punto en que
el amor se enlaza, y lo cierra sólo para imposición
del alma envidiable de un cínico que a las mujeres más
bonitas se llevaba y en esos campos no dejaba ni una flor. El espejo
de las mujeres y el alma inconclusa no tienen más relación
que la presencia, pues la segunda se realiza rápido con la
mujer de turno: coge su camino, y se va. Este galán desprecia
a los demás y no se ama a sí mismo, ética que
incluye dejar paso a la muerte: el crimen y la nobleza le parecen
leyes naturales. Tiene por mérito no pelear jamás
por una mujer, y el desprecio a la vida por el desprecio a la muerte.
Es valiente por convicción como es carlista por estética.
Es generoso, del mismo modo que toda conclusión suya es absoluta
y excluyente, y es capaz de lealtad. Por las mujeres vive permanentemente
seducido, y ama en ellas virtudes en cada una distintas en términos
de pasión, belleza, sumisión, altanería, gracia,
poesía y entrega, y llanamente como cáliz de placer.
La necrofilia ostensible es parte indisoluble de un ser inacabado
(la seducción por la seducción es una pasión
adolescente) que indaga en el azogue al revés de la belleza:
los caracteres femeninos que con la carga del momento y con el tiempo
de un relámpago lo concluyen y lo sacian. Por crítica
de la razón pura y así por completarse, vive el zarpazo
verdadero del instante con las mujeres seducidas. Angel de la dependencia
de las mujeres, el seductor es un macho singular: si no fuera la
mujer el objeto de su definición y su asunto, podría
sodomar algún doncel. En este sentido su declaración
es impecable. Así hablaba el Marqués de Bradomín:
"Hoy, solamente en el sagrado misterio vagan las sombras de
algunos escogidos que hacen renacer el tiempo antiguo de griegos
y romanos cuando los efebos coronados de rosas sacrificaban en los
altares de Afrodita. ¡Felices y aborrecidas sombras: Me llaman
y no puedo seguirlas! Aquel bello pecado, regalo de los dioses y
tentación de los poetas, es para mí un fruto hermético.
El cielo, siempre enemigo, dispuso que sólo las rosas de
Venus floreciesen en mi alma y, a medida que envejezco, eso me desconsuela
más. Presiento que debe ser grato, cuando la vida declina,
poder penetrar en el jardín de los amores perversos. A mí,
desgraciadamente, ni aún me queda la esperanza (...) He padecido
todos los dolores, he gustado todas las alegrías: He apagado
mi sed en todas las fuentes, he reposado mi cabeza en el polvo de
todos los caminos (...) Sólo dos cosas han permanecido siempre
arcanas para mí: el amor de los efebos y la música
de ese teutón que llaman Wagner". Y con las palabras
que sigue expone su arte de ficción: "¡Oh alada
y riente mentira!, ¿cuándo será que los hombres
se convenzan de la necesidad de tu triunfo? ¿Cuándo
aprenderán que las almas donde sólo existe la luz
de la verdad son almas tristes, torturadas, adustas, que hablan
en el silencio con la muerte, y tienden sobre la vida una capa de
ceniza?" No se puede menos que, por caso de cerebración
inconciente, pensar en Darío. Divinas palabras del alma en
el espesor municipálido digamos de París. Almas tristes,
torturadas, adustas, que hablan con la calavera del amor en mano
en el silencio con la muerte. Siendo las Sonatas
racimo de cuatro compases en serie, es también un libro de
cuadros azules chancrientos. La ola de la mujer tendrá que
templarse el cuerpo, y acogerse al espíritu desnuda, y dar
por obvia la reserva de la máscara. Melancolía, nostalgia
por los ángeles caídos: la memoria es una forma del
poder del amor. El sitio donde colisiona con el poder del odio.
Del tedio. Del desprecio. Y por lo dicho: por el poder del tiempo.
¿Hasta dónde la prosa de todo lo vivido? ¿Es
posible algo más que subvertir el tedio? ¿Vencer con
vida el poder del tiempo si no es que estamos hablando de lo mismo?
"Yo sentía el acabamiento de todas las ilusiones, un
profundo desengaño de todas las cosas. Era el primer frío
de la vejez, más triste que el de la muerte (...) Yo estaba
en ese declinar de la vida, edad propicia para todas las ambiciones
y más fuerte que la juventud misma, cuando se ha renunciado
al amor de las mujeres". Ante la caída de la vida y
las ilusiones pierde un brazo con poca honra gloriosa (y aquí
saludo la memoria de Edward Stachura) en un esperpento de acción
militar lepantesco: el amor cede a la poesía, y a la adolescencia
tardía la vejez. Del pellejo ajetreado ajetreado brota el
escritor; del rito de la mutilación en farsa trágica.
En razón de mutilación pues en este mismo sostenido
tenor se despide del amor de la mujer. Convaleciente de su muñón
paraliterario y guerrero, enamora a una chava de quince años,
novicia que lo atiende en un hospital de monjas. A través
de la niña (de la cual y cual debe se enamora sin más
remedio, y de la cual sabe y siente que será la última
que lo mirará con amor), que es de la edad de su hija, vagamente
sospecha que es capaz de enamorar a su propia hija. Tras besarlo
y decirle que sí, la doncella huye. Se sabe que ella no sabe
que el Marqués es su padre; que la monja superiora se lo
dice después de estos sucesos. El parece haberlo vivido como
una fantasía sustitutoria. Así, si no no se entendería
que la realidad lo apabulle hasta besar las plantas de la conciencia,
y a rastras la crisis existencial. Permanece de canto la razón
de la ambigüedad en cuanto a saber si la jovencita alcanzó
a suicidarse, pero de que lo intentó lo intentó. Para
el Marqués de Bradomín esta experiencia ha sido la
más pura, y la del más grande amor. "Y su voz
embargada por el espanto de mi culpa me estremeció. Parecíame
estar muerto y escucharla dentro del sepulcro, como una acusación
del mundo. El misterio de los dulces ojos aterciopelados y tristes
era el misterio de mis melancolías en aquellos tiempos, cuando
fui galán y poeta. ¡Ojos queridos! Yo los había
amado porque encontraba en ellos los suspiros románticos
de mi juventud, las ansias sentimentales que al malograrse me dieron
el escepticismo de todas las cosas, la perversión melancólica
y donjuanesca que hace las víctimas y llora con ellas. Las
palabras de la monja, repetidas incesantemente, parecían
caer sobre mí como gotas de un metal ardiente: -¡Lo
sabía usted! Yo guardaba un silencio sombrío. Hacía
(...) examen de conciencia, queriendo castigar el alma con el cilicio
del remordimiento, y este consuelo de los pecadores arrepentidos
también huyó de mí. Pensé que no podía
compararse mi culpa con la culpa de nuestro origen, y aún
lamenté con Jacobo Casanova que los padres no pudiesen hacer
en todos los tiempos la felicidad de sus hijos". La ambigüedad
como se ve es un recurso ambiguo, y los ángulos de los pliegues
del amor por la mujer no conocen más que la maravilla que
es la sombra de las muchachas en flor. De este lampo se destierra
a Edipo, pero Electra está siempre al acecho. El corte escénico
más cínico marca el adiós al amor y pertenece
a la caída más honda y más humana del personaje.
Bradomín es en muchos sentidos opuesto al Don Juan de Tirso:
esa bestia sensual y sin escrúpulos, alvéolo de violador,
como del individuo de la vida real de donde proviene; por eso el
poeta le da muerte a manos de un muerto: una muerte sobrenatural;
de comedia y nunca de tragedia. También está muy lejos
del de Milosz -una fiera herida: un vengador justiciero en plenos
poderes; un poeta demente, asesino y celoso; y cercano al de Bergman
en La perrilla en el ojo del diablo: por lo menos
por cuanto ambos sucumben al poder de la inocencia y se rinden por
tanto al poder del amor dentro de la dialéctica de la negación
de la negación. Valle que tiene motivos apaga la síntesis
con dogal de triple cáñamo: "Un Don Juan admirable.
¡El más admirable tal vez! Era feo, católico
y sentimental!" Si bien con las Sonatas el
autor entierra en la cueva que cava la hueca y pomposa prosa castiza
que le antecede y aún le es contemporánea, es en Tirano
Banderas donde esta nueva escritura esplende como en su
teatro en todo su fulgor guiñolesco: los cuadros y las imágenes
son patéticos y trágicos reducidos a sarcasmo y a
befa. Acabados e imponentes de vida, los diálogos se encabalgan
al trazo de los personajes a conciencia. "Tirano Banderas en
el umbral, saludó quitándose el sombrero, tendidos
los ojos para descubrir a Don Roque. Todo aquel mundo carcelario
estaba vuelto a la puerta, inmovilizado en muda zozobra. El Tirano,
acostumbrada la vista a la media luz del calabozo, penetró
por la doble hilera de hamacas. Extremando su rancia ceremonia,
señalaba su deferente saludo al corro centrado por Don Roque
Cepeda: -Mi señor Don Roque, recién me entero de su
detención en el fuerte. ¡Lo he deplorado! Hágame
el honor de considerarme ajeno a esa molestia. Santos Bandera guarda
todos los miramientos a un repúblico tan ameritado, y nuestras
diferencias ideológicas no son tan irreductibles como usted
parece presuponerlo (...) En todas las circunstancias usted representa
para mí, en el campo político, al adversario que,
conciente de sus deberes (...), acude a los comicios y riñe
la batalla sin salirse fuera de la Carta Constitucional. Notoriamente,
he procedido con el mayor rigor en las sumarias instruidas a los
aventureros que toman las armas y se colocan fuera de las leyes.
Para esos caudillos que no vacilan en provocar una irtervención
extranjera, seré siempre inexorable, pero esta actuación
no excluye mi respeto y hasta mi complacencia para los que me presentan
batalla (...) amparados en las leyes. Don Roque (...), me congratula
la generosa intención de su propaganda para tonificar de
estímulos ciudadanos a la raza indígena (...); horita
sólo quiero expresarle mis excusas ante el lamentado error
policial, originándose que la ergástula del vicio
y la corrupción se vea enaltecida por el varón justo
de que nos habla el latino Horacio". El parlamento es gemelo
de otro de Ubu Rey y modelo de un discurso ofídico
caricatural que se corresponde por alma con el oficio de sátrapa.
A la mayor concentración de poder y arbitrio en una sola
persona, le apareja la silueta un lenguaje que balconea, incluso
a contrario sensu, una personalidad ruin, mesiánica, vesánica,
hipócrata y astuta, capaz y practicante lo mismo del genocidio
que del asesinato vulgar. Por eso a la pena de muerte no escapan
ni sus bufones. Y por eso, más que el esperpento de un dictador
militar, y siéndolo, Santos Bandera encarna el ejercicio
esperpentacular del poder. El esperpento es género dramático
y arte de escarnio. Reducto al rictus de la miseria espiritual de
una época, de referente a la miseria espiritual humana. Acaso
Tirano Banderas sea el mayor de los esperpentos.
En todo caso desenvuelve un carácter a partir de una puesta
en escena: la escritura como espacio y como representación.
El dibujo no sigue leyes porque es libre y universal al reclamo
del espíritu. Fluye tal si paralelamente fuera configurándose
un guión directoral para actor fársico con registros
patetrágicos. La patetragedia, la comedia patética
cobijan a los personajes de esperpento. Las palabras y la acción
se corresponden. Cuadros enteros nacen directamente del diálogo
con mínimos esguinces narrativos y escenográficos.
El desencanto es escéptica del encanto y la desesperanza
el sordo transcurrir cotidiano. Inclán impone al güey
satrápico a la mitad de una revuelta en su contra: clímax
de una soberbia contrastada con trozos de vida humana límite
y diversa; desflore del ego atrás de quien se tiene por encima;
psique deslumbrada y fija de los ciegos de poder, y perla de miedos.
Alma baldía de matón. El honor es militar más
que por exacerbación del yo: "-Hija mía, ¡no
habeis vos servido para casada y gran señora, como pensaba
este pecador que horita se ve en el trance de quitarte la vida que
te dio hace veinte años! ¡No es justo que quedés
(...) para que te gocen los enemigos de tu padre, y te baldonen
llamándote hija del chingado Banderas!" Este lance en
el cual pasa a cuchillo a su hija loca es un logro de la estirpe
desolada del de Ricardo III cuando oferta su reino por un caballo,
pero la tragedia es diferencialmente patética. Su sentido
despoja la pompa del poder absoluto y remite a la alcurnia de su
contraparte el oficialete Friolera de la comedia asimismo patética
del autor: el inocente nato en la maraña cogido del deber
ser es el más errado de los asesinos: mata a su hijita en
lugar de darle a su mujer. La política de Juan Pirulero por
cuernos es fuero de la milicia, pero ese privilegio cuartelario
es círculo que se cierra y lo destruye: camisa de fuerza
o capote de abrumación sobre sus hombros de tropa. Ambos
son personajes de opereta y los dos cumplen destino, pero hay clases,
y el de Tirano es manifiesto y lo asume: "Banderas salió
a la ventana blandiendo el puñal y cayó acribillado".
Friolera es leva, circunstancia; Tirano es jerarquía, historia.
En otro extremo y en otro lugar escribí estas palabras, por
ilustración ahora retroactivas: 1) Tanto Yago como Otelo
y cada uno por su contrario son farsantes de la misma fe. Esto incluso
en el remoto inclánico teniente don Friolera. La atroz sartapatrás
de Yago en el papel de Otelo es esperpentacular y sin embargo el
código del honor como el de la honrilla imponen la muerte
de la mujer propia adúltera y son así harpa de dos
filmes y ninguno de ellos suntuario; 2) las almas de Yago y Otelo
cumplen vidas paralelas y complementarias; 3) los celos son estallidos
de la fe que tiembla del mismo modo que pasiones de la duda; 4)
en Yago se asumen como detonantes viles de venganza; no hay que
olvidar que el primer móvil confeso de Yago para urdir la
trama que perderá a Otelo, es la sospecha de que éste
se ha acostado con su mujer; 5) Otelo mata por honra más
que por celos y la naturaleza fársica de su ser es trágica;
6) a juzgar por la activa ruindad de su imaginación y por
la circunstancia en que mata a su mujer, el trazo de Yago es patetrágico.
En este sentido pude decir entonces que de tal trazo parece desprender
Valle su esperpento en Friolera. Mas en el caso de Tirano su singularidad
es fría soberbia. Sin embargo la banda de estos cuatro puede
atarse en un momento dado por el deber: la impostura de este deber
es medida de orgullo. Para todos cuatro el deber es el deber y no
el medio de ejecutarlo o la razón que asista, y no está
ni puede estar en camisa de cuestión: es militar, y punto.
La atmósfera se tiñe con la sangre amarilla de la
música de sardos, brillo de pulmón de metal. Y a otra
cuestión: si como Inclán quiere Goya es el inventor
del esperpento, el populacho es su realidad virtual y Divinas
palabras su cáliz sucio y humeante. Devastación
del sentimiento, del pensamiento, de la razón. Sobrevivencia
e instinto. Vileza. Ruindad. Envidia. Crimen. Amor reducido a incesto
y putería. Ignorancia y superstición. Corte de los
milagros. En tal recuadro plástico desempeñan sus
trabajos de degradación los personajes de esta obra. Poesía
dramática de los poetas al dar a luz alguna fe. Palabra de
Dios entre los miserables del valle. La concreción crítica
del aserto de Valle ubicaría el hallazgo en la serie Los
caprichos (1797-1799). En alguna de sus cartas Goya habla
de ellos como de invenciones y ensanches. Antes que él Callot
y Tiépolo se habían servido del término para
nominar sus grabados, si bien no en solitario. Ya en 1633 Carducho
lo presentaba como signo de originalidad en la obra: al modo de
las cabras que siguen caminos fuera del uso común. Los
caprichos no acuden por ángulo formal ni conceptual
al realismo sino fundan en libertad a partir de la imaginación
creadora su asunto y su lenguaje. Su carga literaria es pensamiento
gráfico. Al desprecio de los vicios, la estupidez manifiesta
y los abusos sociales (contraparte ominosa de la Razón: Goya
fue un europeísta ilustrado inapelablemente español)
corresponde una estética de la fealdad y aún del horror
expresa como sátira en imágenes poderosas y simbólicas
cuya gracia ácida es inédita y personal: el sueño
de la Razón engendra monstruos; monstruos deformes y contestatarios
y de la más alta excelencia artística, cargados de
virtud moral. Frente a la nobleza, el clero y la Inquisición
como caja de arbitrios, los dibujos goyescos cuya sustancia es protagonía
de costumbres y consecuencias, se alzan hoy tal retrato y reprobación
de una sociología de la infamia y la estulticia. Sonda ciega
en el tenebrudo mundo de la irracionalidad, la esperanza en Goya
es aciaga; en Valle, amarga: in y exconcurrente. Así en Divinas
palabras la canallla hez no ha perdido nunca la condición
humana, y siempre es capaz de un acto de fe. La presencia de una
religiosidad precaria que cobra las formas de la superstición
en la cultura de la crápula, alcanza a ser carne de misterio
y aún flagelo de trascendencia. Esta rendija de extrañamiento
cósmico no es nomás aquella por la cual se cuelan
las más abyectas fórmulas de manipulación de
la conciencia de que el poder dispone a través de los aparatos
rituales o litúrgicos sino refugio último de la epopeya
de la especie. Signo de la especie no es precisamente la eternidad,
y así la muerte de la criatura extática se constituye
en mundo: da el paso al clímax y al desenlace y es al vez
alegoría: el valor del pecado propio es inocencia colectiva.
Para Inclán el católico la no lapidación de
la mujer adúltera es autoabsolución en justicia de
la tribu. En paralelismo a la inversa, el encuadre recuerda la escena
central de la película Zorba el griego;
en esa misma dirección acrónica la fabulilla del filme
resulta útil para clarificar la propuesta vallesca: en Zorba
se trata del castigo ejemplar del sistema a la transgresora; en
Divinas palabras de la absolución clánica
de la igual. Figura por transposición de Cristo, el alto
portador del Verbo es el marido: homúnculo ruin, patético
e incestuoso. La absolución de la mujer es la inocencia de
todos; de ella y de su grupo: un medio donde privan la ignorancia,
la superstición, el vaho de la lujuria y, por supuesto, el
crimen y la justicia por propia mano. La suspensión del ataque
de la mano colectiva al influjo sentencioso del Verbo es justicia
distributiva. El pueblo de Zorba es la mucha hedumbre
que lo mismo puede pedir la vida para la cabeza condenada que hacerla
desertar de sus hombros. En el caso, lejos del rito de la inocencia
acomete el linchamiento. En Valle la justicia sólo es posible
entre iguales: porque esa vara suele estar en manos de prevaricadores,
y porque supone el ejercicio de un poder delegado impuesto por un
orden dominante y ajeno. Inclán dispone por eso una asamblea
de justos igualitados por el rasero de la miseria cuyo veredicto
de inocencia en el límite no es menos que su precedente incontestable
de muerte. Presentes sucesiones de difuntos: esto escribía
Valle en 1916: "Desde hace muchos años, día a
día, en aquello que me atañe yo trabajo cavando la
cueva donde enterrar esta hueca y pomposa prosa castiza, que ya
no puede ser la nuestra, si sentimos el imperio de la hora".
Parecería un lingote de vanidades de artista, mas ese imperio
lo sentimos ahora mismo por la prosa de todo lo viviente, más
de 80 años después y al trote de la víspera
de otro siglo que se apresta funesto.
Publicado en triple entrega los días 7, 8 y 9 de
abril de 1997 en La Jornada. El veto fulmíneo
a mi obra en ese diario hace de este texto el último lugar
donde se me viera con vida en la prensa mexicana.